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miércoles, 11 de mayo de 2016

Tortilla paisana y versión mini.


Debemos estar mal diseñados, por mucho que nos hayan repetido que los seres humanos hemos sido creados a imagen y semejanza divina. Este cuerpo muestro pica, se descama, se rompe, sangra; los dientes se caen, el pelo también, los pies se deforman, las rodillas se resienten, la columna se dobla, las articulaciones se inflaman. Hasta hace poco, las piezas no tenían recambio, y al final, tenemos que abandonarlo por ruina total. Eso, en el mejor de los casos, porque tampoco aguantamos grandes golpes, ni determinadas caídas, y entonces es cuando no nos da ni tiempo a decir adiós con la manita. Un desastre de "hardware". El "software" ya es de traca, todos neuróticos. Así que no sé yo qué pensar de la semejanza celestial.

Los ingredientes
Freír las patatas y la cebolla. Escurrir










Lo único positivo de todo esto es que los que nos hemos roto algún hueso o hemos pasado por el quirófano, podemos predecir el tiempo. Yo, que tengo más cicatrices que un torero, sé que si me pica alguna, va a hacer viento; si me duele, va a llover. Y supongo que, al igual que los toreros que dirán: me duele la cicatriz de la Monumental de Barcelona, o la de Tepatitlán, cuando me duele el codo, el costado o el oído, aguacero seguro.
 Hace ya muchos años, preparé a mis niñas con impermeables, botas, paraguas, sombreritos..., y por poco se ahogan los de Bilbao de la que cayó allí. Después de eso, cuando me tira alguna costura corporal, simplemente anuncio que en algún sitio va a cambiar el tiempo. Ya voy a lo seguro en mis predicciones meteorológicas.

Disponer el resto de ingredientes en un cuenco
y verter los huevos batidos
Unir bien











En Málaga atravesamos épocas de sequía, no en vano somos La Costa del Sol. Hace una semana empezó a dolerme una de mis cicatrices como hacía tiempo que no me dolía. Esto va a ser un huracán o un tornado vete tú a saber dónde, me dije. Ayer anunciaron lluvia, me preparé, agarré mi carrito y me fui al super. Nada de importancia, cuatro gotas. Cuando me dispuse a salir del super -el mismo junto al que me atropelló el del carrito de minusválido eléctrico-, me encontré con una tromba de agua, así que esta vez sí que era en Málaga, que cuando llueve, diluvia. No tuve más remedio que ir a refugiarme en una cafetería justo cruzando la calle. Pues estaba llena. Mi carrito y yo nos tuvimos que quedar fuera, medio resguardados bajo el toldo que cubre las mesas en la calle.

Cuajar la tortilla a fuego medio
Dar la vuelta










- Puede sentarse aquí, si quiere -, me ofreció amablemente un caballero hindú que ocupaba la única mesa que estaba en zona seca.
- Ay, se lo agradezco -, contesté yo que sé guardar los modales incluso en esos momentos azarosos. Pedí un café.
- Llueve mucho, ¿eh? -, me dijo. Criatura perspicaz donde las haya, pensé.
- Pues sí.
- Hoy no playa...
- Hombre, playa sí que hay, lo que pasa es que te mojas más fuera que dentro del agua.
- Usted, ¿de aquí?
- Sí. Usted no, claro.
- No. Yo, hindú.
- Ya.
- Así, hasta el jueves -, advirtió con el móvil en la mano, enseñándome el tiempo en la pantalla.
Tengo que estar yo hasta el jueves aquí, dándole conversación a este señor hindú y me da algo malo, cavilaba yo a estas alturas. Por lo menos, había hecho la compra, alimentos no me iban a faltar, y por agua no iba a ser.

Llenar los moldes
Llevar al horno a 200º 15 min.











Llamó a la camarera, y pensé que ya se iba pero pidió otro café. Estaba visto que de allí no se movía nadie. Los de dentro, apalancados y yo, fuera. De animadora sociocultural. Y siguió hablando, ya no recuerdo de qué porque me dediqué a pensar en mis cosas y a asentir de vez en cuando. O sea, que me vino a tocar el único ser masculino del mundo al que le gusta la charla. Y que no dejaba de llover, al final lo de "hasta el jueves" se iba a convertir en realidad. Al cabo de unos cuarenta y cinco interminables minutos, aproveché que amainó un poco el diluvio, pagué, abrí el paraguas, me aferré al carrito, dije adiós y me fui a la aventura, por fin sola y sin nadie que me hablara hasta que llegué a casa. Qué descanso...
Hoy también llueve, así que no he salido, no vaya a ser que tenga que aguantar a un chino-japonés, a un ruso-ucraniano, o a uno de Riogordo, pongamos por caso, que me da a mí que también van a hablar por los codos.











Esta tortilla paisana apareció antes de lo que se ha dado en llamar Cocina de Autor, por eso no se sabe quién le puso nombre. Yo solía hacerla pero cuando las niñas eran pequeñas, se liaban a expurgar con el tenedor los guisantes, los pimientos morrones, el atún... y al final, se quedó en una tortilla de patatas con chorizo, que también está muy buena. He vuelto a hacerla, a mi Manuel le encanta.

Tortilla paisana

Ingredientes. Para una tortilla de tamaño regular y 6 pequeñas. Las cantidades son orientativas, se puede poner más o menos, según el gusto de cada uno.

800 gr de patatas para freír.
6 huevos.
1 cebolla de 300 gr aproximadamente.
1 latita pequeña de pimientos morrones.
1 latita pequeña de guisantes.
1 lata de atún de 112 gr.
150 ó 200 gr de chorizo fresco troceado.
Aceite de oliva.
Sal.

Elaboración.

Pelar y picar las patatas y la cebolla en trocitos pequeños. Freír juntas en aceite de oliva a temperatura media, sacar y escurrir.
Disponer el resto de ingredientes en un cuenco grande, añadir las patatas y la cebolla fritas y verter los huevos batidos. Salar y unir bien.
Colocar una sartén a fuego medio y echar la mezcla. Dejar hacer moviendo la sartén de vez en cuando para comprobar el grado de cocción y de paso, para vigilar que no se está pegando. 
Dar la vuelta con un plato y volver al fuego para que se haga por la parte de abajo.
Emplatar.
Servir caliente o fría.

Versión mini

El procedimiento es el mismo, sólo que con el preparado se llenan moldes de magdalenas, no hace falta aceitarlos previamente.
Llevar al horno precalentado a 200º, calor arriba y abajo sin aire, durante 15 minutos aproximadamente. Dependerá de cada horno y de si las queremos más o menos jugosas.
Emplatar y servir calientes o frías.



miércoles, 18 de marzo de 2015

Huevos al nido de casa, las familias felices y dedicatoria.




Cada vez que hago estos huevos al nido, regreso a mi infancia cuando en casa hacían huevos al nido y a mí, que era inapetente, me parecía una comida interminable. Recuerdo a mi familia como una familia feliz, de esas que se parecen todas como dijo Tolstoi. Más aun, éramos una familia de muchos: ocho hermanos, papá y mamá, amén de los cargos de libre designación, a saber: la cocinera, la niñera, la chica de cuerpo de casa y la costurera que venía casi todos los días.

Los ingredientes


Cortar la parte superior del bollito











Tengo la suerte de ser la hija del medio - la mayor nació ocho años antes, la pequeña ocho años después, y las tres en el mes de octubre -. No era la pequeña de los mayores, que iban por otros derroteros; tampoco fui la mayor de los pequeños que eran más afines, estilo los Tres Mosqueteros. Yo era independiente, iba a mi aire que es lo que más me gusta. Sí recuerdo jugar con los pequeños, especialmente en las tardes de invierno que no te dejaban salir a la calle porque estaba oscuro y el tiempo no era bueno.

Regar con leche el interior
Y también el exterior


Jugábamos, por ejemplo,  a 'Tinieblas en la noche', que consistía en que uno se 'quedaba' y los demás nos escondíamos en el dormitorio de las niñas, el más grande. Cualquier sitio era bueno: encima de un armario, debajo de las camas, debajo de los armarios que tenía patas, dentro de la cómoda que tenía una falda, dentro de los armarios que eran grandes... Apagábamos las luces y al grito de '¡Ya vale! entraba quien fuera. No se podía encender la luz, pero sí se podía hacer ruidos extraños, tocar el pelo de la víctima, agarrarle de un tobillo, hacerle cosquillas... todo por el gusto
de pasar miedo y reírnos a gritos.

Tapizar con el jamón troceado
Colocar en la sartén










 Quizá por eso, uno de los pequeños un día que ni siquiera estábamos jugando, quiso meterse debajo de un armario y se quedó atascado: la cabeza dentro y el cuerpo fuera. Empezamos a oír como desde el fondo de un pozo,
- Un voluntario, que venga un voluntarioooo...
Era el niño, al que costó mucho sacarlo porque tenía una buena cabeza, augurio de una alta estatura. Allí estaba, rubio, guapísimo con sus grandes y dulces ojos marrones, la sonrisa siempre asomando, arranado, ni para adentro ni para afuera.

Incorporar el huevo

Bañar con el aceite para cuajar la clara

Una mañana de las vacaciones de Navidad, parece ser que andábamos medio aburridos. Estábamos asomados al patio interior desde el patinillo de casa. La cocinera de los del primero, que también eran muchos y habían instalado la cocina en su patinillo, había puesto un puchero. Nos encontrábamos en los puntos extremos de la hipotenusa de un triángulo.
- ¿A que soy capaz de meter una papa en el puchero de los Maldonado? -, dije yo que siempre estaba pensando y no me aburría nunca.
- Anda ya... -, me retaron.

Dicho y hecho. Elegí una papa de tamaño adecuado, la sopesé lanzándola al aire varias veces, nos fuimos al cuarto de las muchachas desde donde teníamos mejor perspectiva y... ¡¡CHOF!! No me lo podía creer, dentro a la primera. La pobre mujer miró al cielo, luego a la olla del puchero, removió con el cucharón, volvió a mirar a las alturas... y nosotros riéndonos como locos agachados bajo la ventana, nos asomábamos por turnos como las marionetas de los teatrillos, para contar y ver qué hacía.

Esa vez no nos pillaron, menos mal, porque desde que un 28 de diciembre dejé en la puerta de Julia la portera un canastito con una docena de huevos vacíos de los que mi padre sorbía crudos por las mañanas por aquel entonces (no sé quién le había dicho que aquello era muy sano), y de manera inexplicable se supo inmediatamente que había sido yo, me culpaban de todo lo que pasaba. Cría mala fama...


Huevos al nido de casa

Ingredientes por persona.
1 panecillo redondo. Que no sea de los de hamburguesa, de panadería.
Leche a temperatura ambiente.
Jamón ibérico, de bellota si es posible. Si no, de recebo o de cebo que también están muy buenos.
1 huevo.
Aceite de oliva para freír.

Elaboración.
Quitar la parte superior del panecillo. Reservarla.
Retirar casi toda la miga. Mojar el panecillo con la leche por dentro y también por fuera, esto último para que al freírse, quede crujiente.
Escurrir unos minutos boca abajo en un colador de malla fina o similar.
Rellenar con el jamón cortado a trocitos.
Calentar el aceite en una sartén, colocar el panecillo e inmediatamente, volcar el huevo dentro.
Ayudándose de una cuchara, ir regando la clara del huevo para que se fría y quede la yema líquida (esto va en gustos). Si queremos la yema cocida, echamos el aceite por todo, obviamente.
Conseguido el punto deseado, apartar, emplatar y servir bien caliente.

Nota y dedicatoria.
Suelo anunciar en mi página de Facebook, con una foto, mis próximas entradas en este blog. Cuando subí la foto de este huevo al nido, un amigo virtual Raúl Martín Entero, madrileño, sospecho que castizo, buen gourmet y cocinero aficionado, la celebró tanto, que no tengo más remedio que dedicarle esta entrada con todo mi cariño y agradecimiento: ¡Va por ti, Raúl! A ver si es verdad que la haces y me envías la foto. Besitos.








domingo, 9 de febrero de 2014

Tortilla guisada, 'ponme pómulos' y otras frases que siempre he querido decir.


Hay frases que siempre  me han gustado, no por lo que puedan significar, sino porque me han hecho gracia, como: 'siga a ese coche'; '¿Es esto realmente necesario?'; 'esto no es lo que parece'; 'por encima de mi cadáver'; 'yo he venido aquí a hablar de mi libro' o 'ponme pómulos'. Y claro, siempre he querido decirlas, me ha parecido divertido jugar a ver en qué momento venían a cuento y ver la cara que ponía la gente.
Las hay con mayor o menor grado de dificultad, como la de los pómulos. Para decirla tienes que tener alguien que te maquille y eso no pasa todos los días. La primera ocasión que tuve de decirla fue cuando me llamaron de PTV, de un programa local que tenía Diego Gómez, para hablar del Juego Patológico.


Diego Gómez empezó en Radio Juventud de Málaga y era compañero de María Teresa Campos, quien luego dio el salto a la tele y se convirtió en 'chica Hermida', el que retransmitió la llegada del hombre a la luna como corresponsal en EEUU. Diego se quedó por aquí.  A Diego Gómez le gustaba mucho recitar, recuerdo cuando era pequeña su voz declamando en la radio "El seminarista de los ojos negros", una historia decimonónica de un seminarista y una señorita que ve pasar desde su balcón todas las tardes a los seminaristas que van de paseo y, al parecer se enamoran en la distancia y en silencio, hasta que una tarde ve pasar un entierro; era el seminarista que se había muerto, para abreviar. Las españolas de aquel tiempo lloraban a moco tendido por este drama ajeno que siempre es mejor que llorar por los propios. La radio era así.
Pues ese día llegué tan contenta a la entrevista pensando que por fin iba a poder decir los de los pómulos y resultó que no maquillaban a nadie.










 Durante la entrevista y de repente, Diego soltó:
- Y tú, con esos ojos, habrás convencido a más de un jugador para que deje el juego... Había inventado la oftalmoterapia, así como el que no quiere la cosa.
- Uh... Er... Yo... ¡Yo tengo mi título!-  contesté como una boba, mientras pensaba: ahora es cuando va y se lía a recitar lo del seminarista de los ojos negros, me da la risa y me echan. Pero no. Siguió hablando de mis ojos y de los ojos del resto de la gente. Reminiscencias del pasado, supongo.
 Volví varias veces más, pero quedamos en que él no hablaría de mis ojos y yo llevaría los pómulos puestos de casa.
Casi estaba resignada a no tener oportunidad de decir la frase, cuando me llamó alguien del equipo de Domi del Postigo, también ex-chico Hermida, de una emisora de televisión local, esta vez para hablar de las relaciones de pareja. Nos presentamos mis pómulos y yo a la hora convenida y ¡sorpresa! Me pasaron a maquillaje. Cosas de la vida, que cuando menos te lo esperas, salta un maquillaje.




De modo que me vi sentada frente a un espejo, con una maquilladora profesional rodeada de tarritos, pinceles, esponjas y borlas a mi lado y mientras trabajaba charlábamos. Cuando me puso el fondo de maquillaje, llegó el gran momento.
- Ponme pómulos, por favor - le pedí con mi mejor sonrisa.
- ¿Cómo? - preguntó ella a su vez, así como congelada en el tiempo.
- ¿Perdona? - repitió al ver que la miraba satisfecha como si hubiera llegado a la meta de una maratón y estuviera a punto de saludar a un público imaginario, brazos en alto y haciendo el signo de la victoria con los dedos ¡qué momentazo!
- Ay, lo siento, es que esa es una de las frases que siempre he querido decir. Y le conté lo de 'siga a ese coche' y todo lo demás.
- Ahhh...- dijo la pobre con cara de no entender nada.
- ¿Tú no tienes frases así, que te gustaría decir en algún momento?
- Pues no, la verdad - dijo ella pensativa.
- Pues yo sí. Y me quedé tan pancha.
- Bueno, pero ¿Te pongo pómulos o no te pongo pómulos?-, quiso saber ella echando mano de su profesionalidad.
- Venga, ya que estamos...
Al final, nadie se dio cuenta de que me habían puesto pómulos, pero eso era lo de menos, por fin había dicho mi frase que era de lo que se trataba. Todavía tengo pendiente lo de 'esto no es lo que parece', a ver si hay suerte.













Esta es una receta típica de aprovechamiento. Normalmente se hace para aprovechar las sobras de tortilla de patatas, yo la suelo hacer para aprovechar las sobras de las salsas. Ver la receta Aquí

Tortilla de patatas guisada

Esta vez no pongo ingredientes, sólo el procedimiento.
Si no tenemos restos de tortilla de patatas, hacemos una. Con cebolla o sin ella, como más nos guste.
Calentamos la salsa y cubrimos el fondo de una sartén o cacerola. Colocamos encima la tortilla y disponemos el resto de la salsa por encima.
Calentamos a fuego suave y eso es todo.

La salsa de tomate le va muy bien y una salsa de almejas a la marinera, mejor todavía.






sábado, 24 de marzo de 2012

Huevos Mimosa, cuando el tiempo apremia


Cuando mis hijas eran pequeñas, yo iba corriendo por todos sitios. Al trabajo, en casa, en la cocina... hasta paseaba a toda velocidad, se me quedó la costumbre, que las niñas se quejaban con tanta marcha mami, mami, que no corras tanto, que no podemos, y resulta que ahora les gusta correr porque así están más en forma y se conservan jóvenes y estupendas. El arbolito, desde chiquito.

Un día me puse a hacer huevos rellenos y cuando fui a la despensa a por el tomate frito, no había. Aparte de corredora de fondo, me aficioné a pensar rápido. No importa, me dije yo a mi misma en un arranque de optimismo, le pongo ketchup y que sea lo que Dios quiera. Y, por si acaso, no dije nada. Pues estaban buenos, les gustó sobre todo, el puntito diferente que le encontraron.

La siguiente vez que los hice, lo que no había era ketchup. Volví a hablar conmigo misma, me repetí lo de que no importa y todo eso, y le puse unas gotitas de salsa Perrins a la salsa de tomate de siempre. Como también les gustaron, ahora los hago de tres modalidades: los de toda la vida, los de ketchup y los de salsa Perrins pero sigo sin decir ni pío, es más divertido.


Hace unos días, fuimos Rosa, Conchi y yo a hacer unas gestiones al consulado de Estados Unidos, que está en Fuengirola. Tardamos en dar con el edificio y luego tuvimos una larga conversación con la señora Cónsul que nos recibió detrás de un mostrador con cristales, que no sé yo si eran blindados o qué, pero era exactamente como un Papa móvil, aunque sin moverse y con una señora detrás.

Y allí estuvimos un rato entretenidas con esto y con lo otro, que si rellene estos formularios, que si póngase en contacto con la embajada en Madrid, que si ahora por preguntar una cosa más, rellene también estos otros formularios... en fin, lo que se hace en estos sitios de papeleo, que al final nadie sabe ya lo que iba a resolver porque la cosa se enreda cada vez más y terminas con la impresión de que te van a nombrar persona non grata o te van a apuntar en el listado de los más torpes.

Ya nos íbamos, y Rosa dijo mira cuántos folletos hay en esta estantería. Conchi y yo salimos por la puerta que se cerró con siete cerrojos por lo menos !Clink-Clonk-Cataclank!, y Rosa se quedó dentro. Yo no lo podía creer
- Conchi, que Rosa se ha quedado ahí encerrada, ¿será posible? 
- Rosa, Rosa, ¿qué haces ahí dentro? Le decíamos bajito desde este lado de la puerta, y ella, nada.

Nos pusimos a reír, procurando que no se nos oyera, que la cónsul no tenía cara de buenos amigos, y fue mucho peor porque hacíamos unos ruidos rarísimos, tapándonos la boca apoyadas en la puerta del ascensor, y las lágrimas estropeándonos el maquillaje de ojos. Oímos trastear en la puerta

- Disculpe, creo que me he quedado encerrada, ¿podría abrirme la puerta para que pueda salir, por favor? Es que si no, me voy a tener que quedar aquí todo el día.
- Cielos, NO. Se oyó la voz de la cónsul que abrió los cerrojos y apareció Rosa sonriente con un montón de folletos informativos de no-se-sabe-qué, y preguntándonos de qué nos reíamos.

Con todo esto, cuando llegué a casa ya era tarde. Preparé unos huevos rellenos porque no tenía tiempo para más. Se llaman Mimosa, porque las ralladuras de las yemas de huevo cocido recuerdan el aspecto de las mimosas cuando florecen en Primavera.

Ingredientes. Esta vez, no doy cantidades.
Huevos.
Atún en aceite de oliva.
Salsa mayonesa.
Salsa de tomate.
Salsa Perrins.

Elaboración.
Pinchar la cáscara de los huevos por el extremo redondo para que no estallen al cocer.
Colocarlos en agua fría al fuego y cocer diez minutos a partir del punto de ebullición.
Pasarlos por agua fría y pelarlos. Cortarlos por la mitad a lo largo y sacar las yemas, reservando dos o tres.
Aplastar las yemas con un tenedor, añadir el atún desmenuzado y aplastarlo también con el tenedor.
Por último, la salsa de tomate con un chorrito de salsa Perrins y mezclar bien.
Rellenar las claras con la preparación y colocar en el plato de presentación.
Rallar las yemas reservadas sobre los huevos y acompañar con una ensalada.







domingo, 4 de marzo de 2012

Campero malagueño. Ni panini, ni sándwiches variados




Ese viaje a Polonia fue curioso en todos los sentidos. Íbamos Conchi, Antonio y yo a pasar unos días de turismo y tranquilidad y fue de todo menos tranquilo. Ya en la llegada al aeropuerto de Varsovia, nos encontramos al taxista psicópata de la ciudad.

Conchi y yo íbamos detrás y Antonio al lado del conductor, que arrancó dándole un pisotón al acelerador que ya quisiera Fernando Alonso. Nos vimos aplastadas contra el asiento, mirando al techo del taxi: ¡aahhhhh! También frenaba a base de pisotones y entonces, mirábamos al suelo como buscando hormigas. Conchi se puso el cinturón con cara de pánico y yo musitaba verás tú, verás tú… Antonio seguía impertérrito como si fuera su imagen del Museo de Cera. Llegamos al hotel con los pelos tiesos.
Entramos por la puerta giratoria. Muy bonita y elegante, pero nunca encuentras el momento de entrar Que ahora sí, que ahora no... que pasa tú, que paso yo, que quién pasa... y al final entramos todos apretujados en el mismo espacio, andando como las japonesas, estilo Chiquito de la Calzá con maletas y todo.

A los dos días, fuimos en tren hasta Cracovia, donde otro taxista asesino nos turbo-transportó hasta el hotel que estaba en pleno barrio judío, una preciosidad. Nos registramos y bajamos a la cafetería a cenar, el restaurante ya estaba cerrado, eran casi las diez de la noche.

Nos sentamos en la terraza y el camarero nos trajo la carta de vinos y copas. Nada de comer.

- Perdone, queremos cenar algo.
- A ver, ¿son ya las diez? No es que no tuviera reloj, es que tenía mucho mando y poderío.
- Pueees… yo diría que faltan diez minutos para las diez, dije yo sospechando que no tenía muchas ganas de que preparan cena.
- Nonono… faltan quince minutos, apostilló Conchi que es más lista que yo.
- Veré qué puedo hacer, dijo el camarero perdonándonos la vida.
- Que tampoco hace falta nada especial, algo así sencillito… dijo Conchi, y yo asentí para que viera que éramos poco exigentes.
- Venga, les voy a preparar algo sorpresa. Magnánimo el muchacho.
Al rato, apareció con algo que llamó pomposamente sándwiches variados, Conchi dijo:hombre, Panini, pero yo, qué queréis que os diga, ¡eso eran camperos!



Esto fue lo que nos trajo, parecen camperos, pero no lo eran.

Los primeros camperos malagueños, que yo recuerde, los hicieron en un sitio que se llamaba "Los Panini", creo que todavía están funcionando. El pan para campero ya lo hacen en las panaderías malagueña, sólo tienes que pedirlo así: pan para campero, y son redondos como los de hamburguesa, pero más crujientes. Se puede hacer con molletes, pero no es lo suyo.

Los camperos llevan mayonesa y van siempre a la plancha, te los sirven calentitos. Los hay de muchas clases: de jamón cocido y queso; con un filetito de lomo de cerdo; de tortilla de patatas... pero siempre con lechuga, tomate a rodajas y más mayonesa, que te pones perdido cuando los muerdes, es un aliciente más de los camperos.
El campero que os traigo hoy, es de tortilla de patatas.

Ingredientes.



Pan para campero. Éste tiene un diámetro de 10 cm.
Lechuga lavada y cortada.
1 tomate rojo.
1 pimiento frito.
1 tortilla de patatas y cebolla, del mismo diámetro que el campero.
Mayonesa.

Untar el pan con mayonesa por las dos mitades.


Colocar encima la tortilla, la lechuga, el tomate a rodajas y el pimiento frito.
Poner un buen montón de mayonesa y tapar con la otra mitad del pan.
Calentar sobre una plancha, por los dos lados.



A fuego lento, porque si no, se quema y hay que tirarlo.
Comer caliente y con una buena servilleta a mano.




martes, 17 de enero de 2012

Caldo gitano y la seña Lola


Hay estímulos que nos retrotraen de manera automática a otras épocas, eso nos pasa a todo el mundo. A mí, esta receta me sitúa en los tiempos en que vivíamos todos en casa, no había manera de estar sola porque siempre había un montonazo de gente por allí, el tiempo pasaba más despacio y no parábamos de hacer cosas.

Y es que las actividades extra escolares no son cosa de ahora, las actividades extra escolares las inventó mi madre que con tanto niño pululando por allí, durante el curso nos tenía bien atareados. Los chicos jugaban al frontón con mi padre, las chicas aprendíamos baile con el maestro Rosén y todos juntos tocábamos música.

Los jueves aparecía por casa Don Juan Ramón, que era el profesor de música, y tras los saludos de rigor, daba un La natural y después de unos cuantos cling-cling, clong-clong, y clang-clang, ya estaban los instrumentos afinados, listos para tocar. Éramos lo que el maestro llamaba pomposamente un Conjunto de pulso y púa, pero en realidad éramos más bien una rondalla, una especie de tuna sedente de cinco instrumentos. Había una guitarra, un laúd, una bandurria y dos que tocábamos el acordeón.

Aprendimos pasodobles, pasacalles y otras piezas, nunca dimos ningún concierto. Bueno, la guitarra y la bandurria tocaron una vez en un teatro de Málaga en una función benéfica y las del acordeón tocamos en la sede de Cáritas, teníamos menos caché. Llegamos a interpretar  La Barcarola de los Cuentos de Hoffman y Santa Lucía con bastante dignidad y deslizándonos, como decía el maestro, que la música debía ir con suavidad, nada de andar a porrazos y trompicones. Yo era la de menos edad del grupo y también me encargaba de la percusión, o sea, las castañuelas y la pandereta, aunque nunca me dejaron dar saltos por el salón con la pandereta, que es lo que a mí me hubiera gustado.

Con el tiempo, un amigo del que tocaba la bandurria también se sumó y era muy gracioso. Diré que se llamaba Paquito, aunque no se llamaba así, pero le pongo ese nombre para seguir las normas del buen bloguero y respetar su privacidad. También tocaba la bandurria, creo. Pues no sé de dónde salió la idea, pero alguien le puso letra al pasodoble Carrascosa, que como todo el mundo sabe, es instrumental como nuestro Himno Nacional. Paquito lo cantaba con mucho arte y una voz cristalina que ya quisiera Joselito con su Campanera. De modo que dábamos la entrada con los instrumentos y en el momento adecuado, Paquito arrancaba:

La seña Lolaaa, la del estancooo,
ésa que tieneee los pelos blancooos,
la seña Lolaaa, del estanquillooo,
va a casar a su hijaa, con Don Juanillo.

Y ya no recuerdo más. La canción seguía hasta el final, y todos acompañábamos con mucho ritmo y entusiasmo, mientras Don Juan Ramón marcaba el compás y miraba con orgullo a la concurrencia, que eran los tres más pequeños a los que aprovechaban para dar la cena, y mi madre.

Os pongo la Carrascosa, por si quereis probar a cantar La seña Lola. En 0:22 tomáis aire y en 0:23 ya podeis cantar. Suerte.



Tampoco sé de dónde vino este Caldo gitano, que a mi padre le encantaba y a mí, nada. Era oir que había caldo gitano para comer y empezaba a resoplar, hasta que mi madre me miraba de aquella manera y tenía que parar. Según he ido cumpliendo años, me ha ido gustando y ahora la hago de vez en cuando mientras canturreo Carrascosa y me contoneo por mi cocina.

Supongo que era una receta de la cocinera de casa y parece el antecedente de la Vichyssoise, lleva puerros y patatas, pero no está triturada y tampoco lleva leche ni nata.

Ingredientes. (Para 4 personas).

1 kg de puerros.
1 kg de patatas.
1 huevo por persona.
2,5 l de caldo de pollo o de verduras, aprox.
Aceite de oliva.
Sal.
Agua, si no teneis caldo y lo haceis con caldo concentrado, como lo he hecho yo esta vez.

Elaboración.
Limpiar y lavar bien los puerros, aprovechando la parte verde. Cortarlos en trozos grandes, dos o tres, según sea su tamaño.
Rehogarlos en un fondo de aceite en la cazuela y añadir el caldo o el agua. Dejar cocer hasta que estén casi tiernos.
Pelar y cortar las patatas a trozos grandes, chascándolas y añadir al guiso. Salar.
Servir todo junto y tomar primero el caldo.
Freír los huevos y colocarlos sobre los puerros y las patatas que habrán quedado en el plato.



lunes, 9 de enero de 2012

Migas, para los días de lluvia



Había estado amenazando lluvia, y cuando salimos de trabajar por la tarde, diluviaba. Jose, mi compañero de trabajo de aquellos tiempos y yo recorríamos juntos la mitad del trayecto y al llegar a calle Hilera, ya no estaba la calle, ahora era un río fangoso, que separaba a los que bajábamos de Armengual de la Mota y los que subían desde la Avenida de Andalucía. Y allí estábamos unos y otros mirando la riada como el pueblo de Israel antes de que Moisés abriera las aguas del Mar Rojo. Como no pasaba nada de eso y la cosa iba a peor, le dije a Jose si tú te atreves, yo cruzo contigo, es que Jose era alto y estaba en buena forma física, los compañeros le llamábamos El Cuerpo. Dijo que sí, me agarré a su brazo y empezamos la travesía.
Parece mentira la fuerza que tiene el agua, pretendíamos ir perpendiculares a las aceras y por poco terminamos en el puente de la Esperanza que está llegando ya al Guadalmedina. Se nos hizo larguísimo, aunque ninguno decía nada, no se puede desperdiciar fuerzas mientras luchas contra los elementos, pero lo conseguimos. Yo perdí un zapato, El Cuerpo viró a Poniente, desapareció navegando a toda máquina y yo puse rumbo a Levante empujada por la corriente. Llegué a casa empapada y con el zapato en la mano.

Era el 14 de noviembre de 1989 y Málaga aguantó una de las inundaciones más célebres de su historia, que salimos en la tele y todo, porque aquí no llueve mucho pero cuando lo hace, caen chuzos de punta, las cosas las hacemos en condiciones.
Para que veáis lo que pasó, os pongo un vídeo, donde se recoge todo. Fue tremendo, hasta un contenedor de vidrio persiguió a una pobre mujer que subió a un autobús después de vadear unos cuantos remolinos, parece una peli de acoso de contenedores a la gente. Si no quereis verlo todo, avanzad al minuto 4:00 más o menos, que es cuando aparece el contenedor asesino.






Estuvimos casi una semana en alerta roja, sin colegio y sin poder ir a trabajar, aproveché para meterme en la cocina, guisar a todas horas y me dió por hacer migas, no sé aún porqué. Desde entonces, cada vez que hacía migas, Manuel las miraba como con cierto rencor, hasta que un día soltó ¡que a mí no me gustan las migas! Pues antes, se las comía divinamente. Por si acaso, he estado mucho tiempo sin hacerlas, porque creo que le provoqué un rechazo a las migas por sobredosis en las inundaciones de aquel año. Y cada vez que llueve, siempre digo lo mismo ¡Qué buen día para hacer migas!... Manuel hace como que no me oye.  Ayer las hice y le encantaron, menos mal, eso va ser que hacía un día magnífico.

Ingredientes.
Pan cateto del día anterior.
Panceta o bacon.
Chorizo para guisar.
Pimientos.
Ajos.
Aceite de oliva.
Agua.
Sal.

Elaboración.
La noche anterior, desmigar el pan a pellizcos con las manos, salpicar de agua salada hasta que estén húmedas, tapar el cuenco con un paño y dejar reposar hasta el día siguiente.
En una sartén grande, freír 1/2 cabeza de ajos enteros y dados un golpe y reservar.
En el mismo aceite, freir los pimientos y reservar.
A continuación, la panceta o el bacon troceado pequeño y reservar.
Luego, el chorizo también muy troceado y reservar.
Por último, las migas. Revolver muy bien, golpeando con el canto de la espumadera para romper los trozos más grandes de pan que hayan quedado.
Seguir friendo a fuego medio, hasta que estén doradas, crujientes y sueltas.
Se tarda entre 20 y 40 minutos.
Al final, volver a poner el resto de ingredientes para que se calienten con las migas, excepto los pimientos, que se servirán sobre las migas.
Si apetece, freír un huevo por comensal y colocarlo encima.
Están muy buenas con un racimo de uvas de acompañamiento.





domingo, 25 de septiembre de 2011

Tortilla Sacromonte en Granada y rescate de Carmen


Ayer tuvimos la comida de los hermanos de cada mes, y le tocaba hacerla a la prima Maribel que vive en Granada. Había preparado un menú exquisito: entrantes variados, vichyssoise, merluza de pincho a la vasca, piononos y tortilla sacromonte que no puede faltar porque a Marisa le encanta.

Íbamos Manolo, Marisa, Manuel y yo en el coche de Manolo que conducía con mucho cuidado porque es de dominio público que mi Manuel se marea si no conduce él. Y si conduce él, nos perdemos fijo, que siempre acabamos en sitios rarísimos a donde nunca tenemos intención de ir. Lo bueno de todo esto es que hemos conocido pueblos sorprendentes y parajes muy interesantes, como callejones sin salida, riberas enfangadas de ríos, barrios pintorescos y recónditos, caminos forestales ... en fin.

Pues llegamos a casa de Maribel más o menos a la una y media de la tarde, los tiempos se estaban cumpliendo con toda normalidad, sólo tuvimos un pequeño inconveniente: ninguno recordaba el número de la calle ni el piso. Llamamos a Conchi que iba por su cuenta con Antonio y nos lo dijo, aunque se equivocó en la planta, nos dijo que era una tercera planta y resultó que era una segunda.
Conchi, por Dios, que hemos tenido que llamar a todos los vecinos para que nos abrieran, dije yo nada más entrar. ¿Y eso es un problema? ¿¿Eso es un problema, vamos a ver?? ¡Problema es lo que tenemos aquí, que Carmen se ha quedado encerrada en el cuarto de baño y no hay manera de abrir la puerta!

Y era verdad. Llevaba ya como 45 minutos en ese cuarto de baño, todos trasteando en el picaporte y la cerradura que es como un pivotito que da la vuelta, que se había atascado al parecer.
Le habían pasado por la ventana un destornillador y todo, con el que intentó desmontar el mecanismo, pero ni el mismo McGiver habría podido con aquéllo.

Como ya estábamos todos, empezamos una especie de Lluvia de Ideas para encontrar soluciones y la cosa fue a peor. Intentamos abrir con una tarjeta de crédito vieja, con una radiografía que todos hemos oído que la gente abre las puertas así, pero definitivamente no parece que sirvamos para la actividad de asaltacasas, con un abrecartas y hasta con una lima de uñas metálica. Nada. Hasta pensamos en que alguien que estuviera fuertote, Manolo por ejemplo, abriera la puerta de una buena patada, pero nos pareció que a Maribel no le iba a hacer gracia tener la puerta del baño reventada, así que ni lo intentamos.

Conchi nos dijo que a las víctimas hay que hablarles para que no se sientan solas y sepan cuáles son los planes en cada momento. Y allí estábamos por turnos hablando a la puerta del baño mientras Maribel no sabía bien si terminar de hacer la comida o qué.
Manolo dijo que como el jamón estaba bien cortado, podíamos pasarle unas lonchitas por debajo de la puerta, pero pensamos que igual se iba a ensuciar un poco, así que le pasamos unas tapitas por la ventana. No quiso nada de beber, no tenía sed, agua precisamente no le faltaba lo que era toda una ventaja.

 No tuvimos más remedio que llamar a un cerrajero, que tardó lo suyo. Y justo antes de que llegara, mientras forcejeaban por enésima vez Carmen por dentro y Antonio por fuera ¡tacháaaan! se abrió la maldita puerta. Y apareció Carmen con el albornoz y duchada desde hacía dos horas, limpísima aunque un poquito nerviosa. Cuando llegó el cerrajero le soltó tan contenta ¡¡al final, he conseguido salir!!  O sea.

Ingredientes.
6 huevos.
1 sesada de cordero.
1 criadilla de cordero.
2 patatas grandes.
2 pimientos morrones asados, limpios y a tiras.
3 chorizos crudos troceados.
1 latita de guisantes cocidos.

Elaboración.
Cocer los sesos y la criadilla de cordero en agua hirviendo, hasta que los sesos blanqueen. Las criadillas tardarán unos minutos más.
Dejar enfriar y cortar con las tijeras en trocitos pequeños.
Pelar, cortar y freir las patatas en trocitos como para tortilla de patatas. Escurrir bien.
Escurrir y enguajar los guisantes.
Batir los huevos en un cuenco y añadir el resto de los ingredientes, salar.
Mezclar bien y proceder a freir la tortilla como una tortilla de patatas, a fuego suave.
Dar la vuelta y dejar hacer hasta que esté cuajada pero jugosa.


jueves, 4 de agosto de 2011

Tortilla de patatas y dedicatoria

Pues esta es la tortilla de patatas que hace mi Manuel, mundialmente famosa. Porque mi Manuel es guisador ocasional, de tanto verme disfrutar en la cocina guisando, ha terminado por aprender más de un guiso que le salen bordados, es un hombre muy completo mi Manuel que lo mismo te resuelve un problema de teoría de circuitos en menos que canta un gallo, que te hace una tortilla de patatas como esta, por ejemplo.
También hace un arroz al horno, que no tiene rival.
Bueno, el caso es que esta tortilla ha ido perdiendo ingredientes con el paso del tiempo. Empezamos haciéndola con chorizo, atún en conserva, pimiento morrón y guisantes pero las niñas se dedicaban a escarbar los tropezones y fuimos quitando lo que les estorbaba para comer, más que nada para ponerles la vida más fácil, criaturitas.
Y ahora vamos con lo de la dedicatoria. Esta receta la he subido especialmente para mi sobrino Michael, que también disfruta entre los fogones y hace las mejores galletas con trocitos de chocolate, o sea chocolate chips cookies que he probado nunca y he probado muchas.
De modo que Michael, para que la puedas hacer a tus compis de la Uni en Canberra, mira que te has ido lejos hijo mío, vamos a intentar explicártelo lo mejor posible.

Ingredientes. Para un puñado de universitarios hartos de comida precocinada, enlatada y cosas así.
2 kg de patatas para freír, por lo menos.
6 huevos XL, por lo menos.
Aceite de oliva, si puede ser.
Sal
Chorizo para guisar, aunque sea de canguro. Si no encuentras chorizo, pues no se lo pones y ya está.

Elaboración.
Pelas, lavas y cortas las patatas a lasquitas finas. Les pones sal.
Las fríes a fuego suave para que no se quemen, porque si no, se ponen tiesas y sale una tortilla de lo más seco, es mejor que estén fritas a fuego lento y se queden blanditas. Las fríes por tandas, que no caben todas de una vez, y las pones a escurrir para que suelten el exceso de aceite.
Quitas la piel a los chorizos y los troceas. No los frías, se harán al mismo tiempo que la tortilla.

Una vez que están fritas todas las patatas, las colocas en un cuenco grande y unes el chorizo, así. Si haces la tortilla con tus amigos, no les dejes que prueben las patatas ahora, que eso es lo que hacemos en casa y tu tío nos tiene que echar de la cocina porque no acaba nunca de freír patatas, es algo que engancha. Tú haz lo que hace tu tío, que nos deja dar una pinchadita por cabeza. Bueno, a mí me deja dos, que tengo enchufe...


Ahora, bates los 6 huevos en otro cuenco aparte

Y los vuelcas sobre el cuenco de las patatas y el chorizo


Lo juntas todo bien y pones la sartén al fuego, con el fondo de aceite. Cuando esté caliente, lo echas todo en la sartén

Si quieres una tortilla gruesa, no uses una sartén demasiado grande, es cuestión de que calcules, tú tienes buen ojo.
Cuando veas que al mover la sartén hacia los lados agarrándola por el mango la tortilla está suelta, es el momento de darle la vuelta. Tú ya has visto a mamá hacerlo, es colocando un plato llano sobre la sartén y girarlo todo junto con determinación, aquí no valen las vacilaciones, esto es estilo hale-hop! de manera que ahora la tortilla está en el plato que has colocado sobre la sartén y la sartén está vacía. Si la tortilla aparece sobre el mármol de la cocina en vez de sobre el plato, eso es que algo ha salido mal.
Ahora deslizas la tortilla que esperemos que esté en el plato, a la misma sartén sin hacer nada más. Vuelves a ponerla a fuego suave.
Una vez que le das la vuelta, no la dejes mucho tiempo al fuego, se puede hacer demasiado, aunque esto va en gustos. Tú la haces como quieras.

Y ahora, la tortilla se está haciendo por el otro lado. Si se queda alguna parte de la tortilla medio fuera, no importa, la vuelves a remeter usando una espátula o un tenedor, no pasa nada y así te quedará bien bonita.

Y sólo falta que la saques de la sartén y la pongas en un plato.
Tu tío Manuel le pone demasiado aceite a la sartén porque tiene miedo de que se le pegue, entonces queda un poco brillante pero se le quita el exceso de grasa con papel de cocina y ya está.

Y este es el resultado, ¡la tortilla de patatas perfecta!, que lo dice todo el mundo y si alguna vez hay un concurso de tortilla de patatas, presento a tu tío y lo gana, seguro.

Aquí tienes una foto de un trocito que secuestré antes de que desapareciera. ¿Tiene o no tiene buena pinta?


Para terminar, tu tío me ha dado permiso para que suba esta foto en la que está en modo guisador, con el delantal de hacer la tortilla de patatas, llamada también tortilla española. Es muy coherente tu tío para todo, ya lo sabes.

Muchos besitos Michael y ya nos dirás cómo te ha ido con la tortilla.

sábado, 16 de abril de 2011

Torrijas, torrijas, torrijas!!!


Decir Semana Santa y salir pitando para hacer torrijas, es todo uno. Lo mismo sucede en Navidades, que nos liamos a hacer pestiños como si en vez de acabarse el año, fuera el fin del mundo. Son esas cosas que hacemos en grandes cantidades, ya que nos ponemos, pues que no falte y la excusa perfecta es para las visitas, como si el resto del año no viniera nadie...

En consecuencia, en estas fechas comemos torrijas (pasa lo mismo con los pestiños) apenas traspasas el umbral de las casas de familiares y amigos, que terminamos de torrijas hasta las trancas!! Creo que es por eso que sólo las hacemos una vez al año.

Mi madre las hacía divinas, yo las hacía con ella, y esta es su receta, va por ti mamá.

No pongo cantidades, es cuestión de gustos.


Ingredientes

Pan atrasado. En casa las hacíamos con pan de viena, esto también va en gustos.

Leche. En cantidad suficiente para que las torrijas se empapen bien.

Azúcar.

Canela en rama.

Canela molida.

Piel de limón.

La piel de una naranja rallada.

Huevos.

Aceite de oliva.


Elaboración


Cortar el pan en rebanadas de 3 cm. de grosor. Y diréis ¿a qué viene tanta exactitud? Pues porque nos gustan gruesas y muy empapadas, así que las he medido y todo, que me gusta explicarlo todo lo mejor posible. Colocarlas en bandejas hondas.

Calentar la leche con el azúcar, un palo de canela y piel de limón, hasta que se mezclen bien los ingredientes y los sabores. Dicho en términos actuales, infusionar.

Retirar la canela y el limón y verter la leche sobre el pan. Caliente o templada, da lo mismo.

Ir dando vueltas al pan para que absorba el líquido por todas partes.

Batir los huevos y rallar la piel de la naranja sobre ellos.

Rebozar el pan por el huevo batido y freir en abundante aceite de oliva caliente. Antes, freir en ese aceite un tocito de piel de limón, para quitarle acidez.

Colocar las torrijas sobre papel de cocina para eliminar el aceite sobrante y antes de que se enfríen, espolvorear con azúcar mezclado con canela molida.
Nota. Mi madre las hacía también de vino dulce de Málaga, de vino tinto y hasta de café con leche!! Todas estaban buenísimas.