viernes, 8 de febrero de 2013

Bizcocho genovés y las mascotas



Cuando mis sobrinos Michael y Caridad eran pequeños, venían de vacaciones todos los veranos desde EE.UU con su madre, mi hermana Conchi. Celebrábamos en casa el cumpleaños de Caridad con un pastel elaborado a partir de este bizcocho. El resto del verano, procuraba tener en casa un bizcocho genovés porque Michael llegaba, preguntaba por el Birthday cake y luego se dedicaba a perseguir a Flor, la gata siamesa que nos permitía vivir con ella. Hasta que un día en que la arrinconó en la cocina, la gata dio un bufido de aviso y como Michael seguía queriendo jugar con ella, levantó una pata y ¡ras! le arañó un labio, eso sí, elegantemente. Los gatos necesitan mucho espacio, Michael ya lo sabe.


Tenía Flor alrededor de cuarenta días cuando la llevamos a casa y fue Maricruz quien le puso ese nombre, acababa de ver Bambi. De modo que nuestra mascota era un gato con nombre equívoco de planta y además, era hembra y no macho como la mofeta de la película de Disney, un jaleo vamos.

No sabíamos que, como todos los siameses, la gatita era una saltimbanqui de circo, que corría a toda velocidad por encima de las bibliotecas, armarios y muebles en general; todo el mundo piensa que los gatitos están siempre dormitando, comiendo, a su aire y que son el paradigma de la independencia suprema. Pues no. Resultó cariñosa, curiosa y al llegar el tiempo del celo, una vergüenza para todos. Tenía unos celos escandalosos a más no poder, maullaba como si la estuvieran matando, con desesperación y a grito pelado, ante el pasmo y comentarios de la vecindad que llevaba un registro minucioso de los altibajos hormonales de Flor.


La llevamos al veterinario que le recetó unas pastillas tranquilizantes. La cosa se puso peor. No hay manera de darle una pastilla a un gato. Intentamos engañarla camuflando el fármaco en bolitas de paté pero se comía el paté y escupía el comprimido intacto. A continuación, probamos a machacarlo y disolverlo en el agua de su cuenco, y la volcaba con la patita ipso-facto, era listísima Flor. Al final, tuvimos que aprender a inmovilizarla entre dos o tres y hacérsela tragar quieras que no. Terminábamos todos sudando, despeinados, llenos de arañazos y con una mala conciencia que no veas, porque no nos parecía que fueran maneras.


La volvimos a llevar al veterinario para que la esterilizara y así lo hizo. El día que la operaron fuimos a recogerla después de la intervención; el veterinario nos dijo que todo había salido bien, que estaba en recuperación, nos dio indicaciones para la convalecencia... todo eso que se dice a los familiares.











- Ahora mismo la traemos, le hemos puesto un collar isabelino para que no se lama la herida.
- Ay, ¡qué mona va a estar! - susurré yo a Manuel y las niñas, imaginando a la gatita con una gola de encaje y todo. Y en esto, apareció la auxiliar del veterinario con Flor en brazos y un tiesto de maceta de plástico, de los que se compran en los viveros, alrededor del cuello.
- Pero si le habéis puesto un tiesto de maceta, por favor... 
- Claro, eso es el collar isabelino, mujer, -  me dijo como si fuera lo más normal del mundo, lo de tener a los animalitos con la cabeza asomando por un tiesto.
- Pues yo diría que tiene toda la pinta de ser un tiesto de Viveros Guzmán - observé con mirada crítica - Se nota que es nuevo, ¿eh? y está muy limpio - aclaré, a ver si iba a creerse que me estaba quejando, sólo estaba sorprendida, hay que entender que era la primera vez que operaban a una mascota nuestra.


- Bueno, como se llama Flor, después de todo no le queda muy mal, se diría que es lo suyo - reconocí yo, que tengo buen conformar.  Los que estaban en la sala de espera con sus mascotas opinaron que sí, que era un nombre muy bonito pero raro para una gatita, y que el tiesto le iba como anillo al dedo.  Se abrió la puerta de la clínica y entró una pareja con un perrito que llevaba la cabeza asomando por una especie de pantalla de lámpara.
- Y a este ¿Qué le pasa? Que se llama Luz ¿No? - Manuel se quería morir...




Ingredientes.
200 gr de harina de repostería.
200 gr de azúcar.
5 huevos.

Elaboración.
Separar las yemas de las claras. Batir las yemas con el azúcar hasta que resulte una crema homogénea, a punto de relieve. Hay que batir bien.
Montar las claras a punto de nieve y agregarlas a la crema, removiendo con cuidado hasta que estén bien mezcladas.
Tamizar la harina e incorporarla suavemente. Mezclar sin batir. Esto es importante, porque el bizcocho subirá en base a la cantidad de aire que conserve.
Encamisar el molde con mantequilla y harina y llenar con la masa sólo hasta las 2/3 partes, ya que al cocer, crece.
Hornear a 180º durante 30 minutos aproximadamente, calor arriba y abajo.
Desmoldar caliente o tibio y enfriar sobre una rejilla. Decorar o servir tal cual.

Nota. El bizcocho genovés, se utiliza para tartas y pasteles rellenos. Si se hornea en una placa de horno extendido, se puede rellenar y enrollar; es lo que llamamos Brazo Gitano.





martes, 15 de enero de 2013

Mantecados de Reme y la medida del tiempo


Me he atascado con esta entrada. Después de estar todas las Navidades haciendo mantecados, no he encontrado el momento de subir la receta. Habrá quien diga que más vale tarde que nunca, y habrá quien piense que a buenas horas mangas verdes, según sea de un grupo u otro, porque hay dos grupos de personas: las que corren todo el tiempo para llegar, como el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas; y las que llegan aunque sea tarde, pero llegan. Yo soy de estas últimas, lo de la puntualidad británica no va conmigo y además eso es una leyenda urbana, porque hay británicos impuntuales. Mi amigo Charles sin ir más lejos, que cuando aparecía todo el mundo miraba el reloj pensando que habíamos llegado demasiado pronto, y era justo lo contrario.


La culpa de todo la tiene quien fuera el que inventó el reloj de pulsera. Antes de eso, la gente quedaba a una hora más o menos, sin tener que ser 'en punto', que encima se ponen muy pesados avisando que no llegues tarde, como si fuéramos a apagar un fuego, qué manía con las prisas. A ver, que en la Antigüedad, supongo yo, que quedarían al pie de la estatua de Atenea Promacos, en la parte que mira a La Casa de las Arréforas, a media mañana, pongo por caso. Y la gente se veía, charlaban de sus cosas, hacían negocios..., está documentado. Medían las horas observando el sol durante el día y las estrellas durante la noche. Los días nublados, todos llegaban tarde. Cierto que estaban los relojes de sol, las clepsidras y los relojes de arena, pero no se sabe de nadie que anduviera por ahí cargando una clepsidra. Es que eran para cronometrar el paso del tiempo, no daban la hora ni nada.


En la Edad Media, ya intentaron poner un poco de orden a base de campanazos de las iglesias, que tocaban las horas litúrgicas pero con esto pasó como con todo, una vez que te acostumbras, ya no echas cuenta. Luego pusieron los relojes en las fachadas de los Ayuntamientos, los que tenían dinero se sumaron a la moda en sus casas, y ahí empezó la división de los seres humanos en puntuales e impuntuales.


Los genes que he heredado yo, deben ser de la Alta Edad Media por lo menos; los de mi Manuel, de relojero suizo, pero de los que adelantan el reloj media hora por lo que pueda pasar. El día de nuestra boda, estaba yo en pleno proceso de maquillaje cuando sonó el teléfono.

- Niña, que es Manuel, que ya están él y su madre en la Sacristía de la iglesia - dijo mi hermana Rosa.
- Pero ¿qué hora es? - quise saber yo mientras guiñaba un ojo y abría la boca para pintarme las pestañas del otro ojo.
- Las cinco y media.
- Demasiado pronto, la boda es a las seis y la iglesia está aquí al lado.
- Qué cuajo tienes, hija mía - soltó mirándome como si viera un fenómeno de feria.


Total, que tuvimos que darnos prisa, el fotógrafo hizo lo que pudo,  en las fotos salimos con cara de estar a punto de perder el tren, y la tata que se emocionó al verme - ¡Ay, si pareces la Virgen del Rocío, la Novia de Málaga...! - ni siquiera pudo llorar a gusto. Fui la novia más puntual de la historia de la ciudad. Las fotos son la prueba. Íbamos entrando con la iglesia casi vacía; según avanzaba la ceremonia, había cada vez más gente y cuando salíamos, mucha más gente con cara de ¿A qué hora habrán empezado estos, que ya han terminado? A los que nos echaron arroz, casi no les dio tiempo a abrir los paquetitos, qué estrés.


Esta receta es de Reme Reina Moreno, y su blog es Este.
 Vital y encantadora, Reme pertenece al grupo de blogueros malagueños Pipirrana, que me han adoptado, tengo esa suerte. Su blog es una delicia, con recetas de todo tipo pero sobre todo, malagueñas. Merece la pena visitarlo.
De todas las recetas de mantecados que he probado, esta es la que más me ha convencido, la de mi amiga Reme. Por eso les he puesto su nombre.

Ingredientes.
1 kg de harina de respostería, del que se reservarán 50 grs para espolvorear la mesa en el amasado.
450 gr de manteca de cerdo ibérico.
320 gr de azúcar glas.
150 gr de almendras marcona, repeladas y tostadas en una sartén sin aceite ni nada.
1 cucharada de canela molida.
1 pizca de nuez moscada rallada.
Para el glaseado:
1 huevo batido.
ajonjolí o sésamo.

Elaboración.
Extender la harina en la placa del horno y secarla a una temperatura de 100º durante 70 minutos, removiendo cada 15 minutos. Hay que secarla, no tostarla. Y como cada horno es un mundo y cada harina un universo, los tiempos son orientativos. La mejor manera de comprobar que la harina está seca, es coger un poco con una cuchara de metal y al volcar, debe quedar sin rastro de harina.
Hay que dejarla secar totalmente antes de usarla.

Triturar las almendras tostadas previamente y ya frías.
Colocar la harina en un cuenco grande y añadir las almendras trituradas, la canela y la nuez moscada.
Batir la manteca a temperatura ambiente con el azúcar glas, hasta que esté cremosa.
Añadir la mezcla de harina y seguir batiendo hasta que haga una masa que se desprenda de las paredes del recipiente.
Es más cómodo hacerlo en amasadora, pero se puede hacer a mano de la misma manera.

Espolvorear la superficie de trabajo con los 50 gr de harina reservados y dar forma de bola a la masa.
Aplanarla con el rodillo dejando un grosor de 2 cm y cortar los mantecados con un cortapastas redondo o con el borde de una copa si no hay cortapastas.
Disponer en la placa del horno, y entrar a temperatura máxima durante 5 minutos, con calor sólo arriba. Esto es importante, porque si damos calor también por abajo, se endurecerán, ya que la harina está seca.
Dejar enfriar y envolver en papel de seda. Yo los corto en cuadrados de 19 cm de lado. Si los podéis comprar ya hechos, mejor.
Con esta cantidad de ingredientes, suelen salir 60 mantecados de tamaño normal.



sábado, 29 de diciembre de 2012

Detapeo en Teatinos y la ollita para cocer pan.


Mi Manuel y yo conocemos a Juan Manuel y Aurora desde los tiempos de la Universidad, antes incluso de casarnos. Ellos se casaron justo una semana antes que nosotros, fue un buen año para esto del casorio.
Fuimos a tomar unas tapitas al establecimiento que han abierto en Teatinos, que se llama así: Detapeo.
Antes, en Málaga, solían dar una tapita con la cerveza o el vinito, pero eso se perdió como perdimos Cuba. Ellos lo han reinventado y me gusta. Por 2 € te tomas la copa y una tapa de las que dan ellos, aquí están las que había ese día.




Es algo así como que estás en casa, vas a la nevera, te abres una cerceza y luego miras a ver qué puedes tomar para acompañarla, sólo que en Detapeo te la sirven estos dos camareros, hermanos e hijos de Aurora y Juan Manuel: Carlos y Javier, guapos y simpáticos a más no poder.



Como nosotros ya no estamos para los taburetes de la barra que son muy monos, pero el cuerpo no nos da para muchos malabarismos, nos sentamos en una zona más reservada con mesas que nos resultan más cómodas. Los fines de semana, dan tapas de marisquito, callos, migas... Ya están preparando una carta de Delicatessen de Barbate: atún en manteca, mojama de atún de almadraba, ventresca, lomo de bonito seco y muchas más cosas exquisitas.
La gente joven tiene un sitio especial para ver los partidos de fútbol a su aire, están permitidos los gritos, los uyyyy, y las protestas a los árbitros.

 Aquí está Javi - niñas, está soltero - tomando la comanda, Juan Manuel, Aurora y mi Manuel de espaldas con su magnífico pelo blanco.


Y empezaron a traer cosas:


Aceitunas aloreñas, buenísimas; navajas de la bahía frescas y sin arena, ensaladilla rusa y coquinas de la Caleta salteadas.










A Juan Manuel le gusta la cocina malagueña y ese día tenían gazpachuelo, me encantó porque soy una fan del gazpachuelo, que era de pescado y gambas; espesito, como debe ser. De remate, profiteroles.











A los postres, una sorpresa. Le había comentado yo un día a Juan Manuel que me gustaría comprar un Pudding Steamer, o sea, una cazuela con tapa para hacer el Christmas Pudding que hago todos los años. (La receta Aquí). Trajo Juan Manuel un paquete y me lo dio ¡Qué emoción! Yo, venga a preguntar qué era y nadie decía nada, hasta que Aurora soltó: ¡es una ollita para cocer pan! lo que no anda muy descaminado, la verdad. Ya tengo mi ollita para el pudding. Gracias.


Pues ha llegado el momento de las confesiones: este año, tan ilusionada con mi molde nuevo que estaba yo, mientras cocía el pudding al baño maría, me puse a hablar por teléfono con mi hija Maricruz y se me fue el santo al cielo. Nada más colgar, empecé a notar un cierto olor a quemado y, efectivamente, se había quedado sin agua la cazuela donde estaba el pudding en su baño maría, que ya no era baño ni nada, ahora parecía un horno de fundición. Le eché más agua, terminé de cocerlo y recé para que por lo menos, tuviera arreglo. Cuando lo desmoldé, estaba negro, negro.

- Ay, vaya tela con los despistes ¿Qué hago yo ahora? - me dije yo a mí misma mientras miraba aquella especie de tapón gigante quemado. Como todo tiene arreglo, cuando se enfrió quité con un cuchillo la capa exterior quemada y apareció el pudding debajo. Pues no estaba ni seco ni sabía a quemado ni nada, qué suerte. La ollita sufrió un poco, pero está en perfectas condiciones de uso, bien está lo que bien acaba. Mea culpa.



Volviendo a Detapeo, a la hora del café fui a pedir un Voluto, pero como me dijeron que no lo traía George Clooney, me tomé un descafeinado. Pienso volver a menudo, ¿quién necesita a Mr. Clooney teniendo un buen Detapeo?















domingo, 16 de diciembre de 2012

Ensalada de naranjas y el pequeño tamborilero



Hay un nene en el vecindario que le tomó afición a esto de tocar el tambor, cosa de lo más normal en Andalucía donde todo lo arreglamos sacando los santos a la calle. Que no llueve, santos en procesión para pedir lluvia; que llueve sin parar y estamos todos cada vez peor del reuma, santos en procesión para pedir que deje de llover. La única diferencia, es que los tapamos con plásticos en el segundo caso, que tienen que durarnos mucho. Y claro, donde hay una procesión, hay una banda de música con tambores. Entonces, a los niños se les antoja y no paran hasta que les compran un tambor de juguete con el que dan la murga durante un tiempo.


A la mayoría se le olvida, pero los hay que se entusiasman y siguen. Este niño empezó a los cuatro añitos o así, y la verdad es que era muy gracioso, tan formalito, desfilando entre los parterres de la urbanización, dando vueltas y haciendo sus pausas y todo. Solía bajar con el padre o la madre al filo de las ocho de la tarde, y ensayaba un ratito. Al año siguiente, ya aprendió a hacer redobles, qué monería. Le compraron otro tambor que, aunque pequeñito, ya no era de juguete. Ahora sonaba más. Y el niño tenía ritmo, nos acostumbramos a que sonara todos los días a la misma hora. Deben ser casi las ocho, decíamos en casa.


El niño ha ido creciendo - el tambor también -  ahora debe tener como siete años. Lleva hasta grupo de amiguitos aficionados al aporreamiento tamboril y menos mal que suele tocar él sólo, los demás le acompañan como una corte pretoriana.
Hace unas semanas, la cosa pasó a mayores. El tamborilero y sus fans se dedicaron una tarde entera a dar zambombazos al tambor con la baquetas, vaya jaleo, sin ritmo, armonía, swing ni nada. Esto pasaba de castaño a oscuro, así que decidí tomar cartas en el asunto y me asomé al balcón.
Yo no necesito gritar, ni me gusta ni hace falta. Basta con poner las manos rodeando la boca, en forma de bocina y la voz se proyecta que da gusto. Esa es la buena noticia. La mala, es que suena un tanto fantasmal, como de ultratumba, queda un poquito raro.


- Niño... niño... ya está bien con el tamborcito ¿no? Que llevas más de cuarenta minutos dando porrazos, hijo mío... El niño miraba a su alrededor con cara de asombro, sin saber muy bien de dónde venía aquella voz. Los adláteres, también. Hice señas con los brazos, como cuando los naufragos quieren que los descubran los de los barcos que pasan a lo lejos. Cuando me vieron, insistí.
- Sí, sí, que ya va siendo hora de que lo dejes, anda guapo... De un banco cercano, se levantó una señora joven, que resultó ser la madre, y empezó a gritar - no todo el mundo sabe lo de las manos en forma de megáfono -.


- Uf, uf... No te metas con mi niño, que no está haciendo nada malo.
- Si yo no digo que esté haciendo nada malo, lo que hace es mucho ruido, que no hay quien aguante esos porrazos, mujer... que lleva ya mucho tiempo con el machaqueo...intentamos razonar mi voz apocalíptica y yo.
- Vaya, qué delicadas somos...ni que el niño estuviera matando a alguien... Por lo visto, aquí no te puedes quejar hasta que no hay un baño de sangre o algo así.

Se fue a por el niño, lo agarró y se lo llevó a su casa con aires de reina ofendida. Con lo fácil que habría sido apuntar al niño en la cofradía de La Esperanza, o en la banda Gibraljaire, que se pasan la vida ensayando para que cuando sacamos a los santos vayan a compás, como debe ser, y no dan la lata a nadie porque para eso lo hacen en sitios donde los de los alrededores ya están acostumbrados, y van y vienen marcando el paso como algo natural.












En este punto, los del club de fans del tamborilero, reaccionaron. Uno me hizo corte de mangas, otro se volvió y me enseñó el culete moviéndolo como los patitos sobrinos del Tío Gilito y el más pequeñajo, que no levantaba ni un palmo del suelo, apretó los puñitos a la altura del pecho, entrecerró los ojitos y ¡me sacó la lengua! No bajé a comérmelo a besos, de milagro. Tardé mucho rato en poder dejar de reírme para contarle a mi Manuel lo que había pasado, que me dijo lo de siempre: un día me van a pegar por tu culpa. Yo comprendo que los niños iban armados con baquetas, pero no creo que sea para tanto...

Ingredientes. No doy cantidades.
Naranjas.
Azúcar.
Caramelo oscuro:
  • 350 gr de azúcar
  • 5 cucharadas de agua.

Elaboración.
Lavar y secar bien las naranjas. Pelarlas con cuidado, para no arrastrar la parte blanca. 
Cortar en juliana muy fina las pieles de la naranja y escaldarlas en agua hirviendo, a fuego suave, durante 3 minutos. Colar y reservar.
Terminar de pelar en vivo las naranjas y cortarlas en rodajas. Colocarlas en un cuenco y espolvorearlas con azúcar.
Reposar durante 2 horas como mínimo.
Hacer el caramelo con el agua y el azúcar, cociendo a fuego vivo durante un par de minutos o hasta que tome color ámbar.
Colocarlo rápidamente sobre un cuenco con agua e hielo, para detener la cocción y que no se queme.
Volcarlo sobre el mármol de la encimera o sobre una lámina de silicona y extenderlo. Dejar enfriar. 
Cuando esté bien frío, romperlo con el rodillo de amasar, por ejemplo, o con cualquier otro utensilio firme. 
Colocar las tiras de piel sobre las naranjas, y por último, los trozos de caramelo. Servir frío.





viernes, 23 de noviembre de 2012

Pastel de chocolate, el turno de tarde y el ascensor


Originalmente, el Duty Free Shop estaba en Salidas Internacionales, que después se llamó la T1 del aeropuerto de Málaga, y en temporada alta - desde abril a octubre - se quedaba ya pequeña. Los fines de semana, se amontonaba media Humanidad en los puestos de control que teníamos que pasar para llegar al trabajo, la tienda estaba en el piso superior. Ya no funciona, para eso han hecho las T2 y T3 donde más te vale haberte entrenado como si fueras a hacer el camino de Santiago, hay que andar muchísimo hasta llegar a la puerta de embarque.

Había un ascensor en una esquina, y era el que cogíamos a menudo cuando no había forma de atravesar la riada de gente que deambulaba por allí. Un domingo, en plena temporada alta íbamos la supervisora y tres más del turno de tarde, yo llevaba este pastel de chocolate, no sé si celebrábamos algo, o por endulzarnos el trabajo. El caso es que estábamos esperando el ascensor, cuando se arremolinó un grupo de turistas detrás de nosotras. Nos miramos un poco inquietas. Llegó el ascensor, se abrieron las puertas, entramos y los de atrás empujaron como en el metro de Tokio.



- Nonono... just one of you...or two...  there isn't enough room... - Ni caso, entró un pelotón de gente, nos vimos aplastadas por la avalancha, se cerró la puerta y alguien pulsó el botón. El ascensor empezó a subir y a los tres segundos hizo plop, después hizo plop-plop, y se paró.

- Arrgggg, arrgggg, lo sabía, ¡yo lo sabía! - gritó con desesperación una de las niñas -, esta gente, ¿por qué no va por las escaleras? Es que no hacen caso de nadie, ahora nos vamos a quedar aquí sin aire, no puedo respirar, ay por Dios, que me ahogo...

Ahí fue cuando nos enteramos de que la chiquilla tenía claustrofobia. Se hizo un silencio espeso, los invasores se quedaron como los guerreros de terracota de Shi Huang, nosotras nos volvimos a mirar pero esta vez con sorpresa y la supervisora para calmarse los nervios, encendió un cigarrillo Condal superlargo.










- ¡Apaga eso ahora mismo!, ¿cómo se te ocurre, sin aire que estamos? ¡Qué poca consideración, Isabel! -, gritó hecha una energúmena, al tiempo que alzaba el brazo por encima de unas cuantas terracotas y le daba un palmetazo al cigarrillo que salió volando. Si alguien se quemó, no tuvo valor para protestar. Llamamos al timbre de emergencia que hizo un triiiing flojito, flojito y sólo sirvió de señal para que todo el mundo se pusiera a gritar.

- ¡Oigan, oigan, que estamos aquí, el ascensor se ha parado, alguien que venga! Con la escandalera de gente que había abajo, tardaron en oírnos.
- ¿Qué pasa ahí?-, se oyó abajo. Explicamos a gritos lo que pasaba, a ver si se iban a creer que habíamos montado un tablao flamenco porque no teníamos otra cosa que hacer.
- Las niñas libres de impuestos, que se han quedado encerradas en el ascensor-, dijo quien fuera.
- Tranquilas, que vamos a avisar a los de mantenimiento-. A las dos y media de la tarde de un domingo, seguro que estaban comiendo con los walkie-talkie apagados, como si lo viera.



Nos rescataron a los veinte minutos, hasta la compañera claustrofóbica se cansó de hiperventilar e incluso confraternizamos con los culpables que resultaron ser de la Britsh Airways, que volvían al Reino Unido encantados con el sol, el gazpacho, la paella y las juergas nocturnas. Dijeron que si perdían el vuelo de regreso, tampoco les importaba mucho. Ya podían haberse escondido en los lavabos en vez de invadir el ascensor con unas pobres trabajadoras dentro.

Los de mantenimiento no salían de su asombro al ver tanta gente salir de aquel ascensor. Nos echaron la bronca. Salimos pitando escaleras arriba que las del turno de mañana tenían que estar más o menos cabreadas por el retraso, y todavía sigo sin recordar en qué momento perdí de vista el pastel del que nunca más supimos. Lo mismo acabó en Gatwick, vete tú a saber.











Ingredientes.

250 gr de chocolate negro. He usado 1 tableta de Nestlé postres.
6 huevos.
12 cucharadas soperas de azúcar.
1 vasito de brandy, o cualquier otro licor.
2 cucharadas soperas de harina de repostería.

Elaboración.
Fundir el chocolate al baño maría, procurando que no hierva. Reservar al calor.
Separar las claras de las yemas. Añadir a las yemas el azúcar y batir bien hasta que blanqueen y estén ligeramente espumosas.
Unir el chocolate fundido a la preparación de las yemas, trabajando bien. Añadir el brandy y a continuación, las dos cucharadas de harina.
Montar las claras a punto de nieve firme y unirlas al compuesto de las yemas y el chocolate con movimientos suaves y envolventes para que no se bajen.
Colocar en el molde encamisado y entrar al horno precalentado a 180º, durante 30 minutos aproximadamente.
Desmoldar tibio. Yo le doy la vuelta porque tiene mejor vista.
Servir tal cual, o con una cobertura de chocolate.






domingo, 11 de noviembre de 2012

Bollitos de cardamomo, las historias del Duty Free


Los Duty Free Shops o tiendas libres de impuestos, empezaron a funcionar en España con la llegada de la democracia. Votar por primera vez y abrir los Duty Free, fue todo uno. Cuando se inauguró la tienda de Málaga, allí estaba yo y no porque estuviera esperando tras la puerta como en las rebajas de Harrods, ese fue mi primer trabajo.

Éramos treinta y cinco chicas trabajando en tres turnos diarios de mañana, tarde y noche, cinco de ellas supervisoras y el resto repartido entre Perfumería, cajeras y auxiliares. Había dos francesas, dos suecas y una noruega, las demás éramos españolas. También había cinco mozos de almacén cuyo principal interés y cometido era conseguir que las niñas hiciéramos su trabajo, con su jefe de almacén. Y dirigiendo todo, el jefe de tienda, Don Alfredo y su secretario, que debió ser Houdini en una vida anterior, porque se despistaba que daba gusto. Cuando ya pensábamos que había embarcado con destino a Tombuctú, aparecía.





- Pero hombre, ¿dónde estabas, que lleva Don Alfredo preguntando por ti toda la mañana?
- Un momento: que yo no he salido del recinto aeroportuario decía tan tranquilo, como si le pagaran por hacer bulto en el aeropuerto.
- Eso se lo dices a Don Alfredo que está que trina. Y allí que se iba al despacho pasillo adelante, más  contento que unas Pascuas. Don Alfredo cada vez tenía más canas.

Era Don Alfredo un general retirado del Ejército del Aire, que no sabía qué hacer con tanta mujer a sus órdenes, él estaba acostumbrado al recio carácter de los militares, no entendía la sutileza de la personalidad femenina. Se rindió el día que asumió que nunca íbamos a mirar el 'orden del día' que mandaba poner - si lo encontraba - al secretario todas las mañanas en el tablón de anuncios. Es que ninguna habíamos hecho la mili, hay que entenderlo.










Inauguramos la tienda en la Primavera del año 1977. Antes nos habían dado un curso para hacernos con el manejo de los clientes, de las cajas registradoras, y todo lo demás. Estábamos conectados con Madrid por línea telefónica que, en aquel tiempo se desconectaba cada dos por tres, y era cuando al grito de ¡se ha caído la línea! nos quedábamos en una especie de páramo informático y a las supervisoras se les ponía muy mal color.

El primer día llegamos las que estábamos de turno con nuestros flamantes uniformes, de color verde raro. La falda, con un tono tirando al verde-guardia-civil, la blusa de un color chicle-de-menta-masticado-durante-horas y un pañuelo al cuello con una lazada que tenía los dos colores, para que se viera bien la paleta cromática. Los zapatos de tacón negros de salón. Las que sabían idiomas, a perfumería que había que interactuar más con los clientes, extranjeros en su gran mayoría, y el resto a cajera o auxiliar. Yo, como hablo inglés, francés, español y cateto, a perfumería de cabeza, todo el rato de pie con los zapatitos de salón.


Pues ese primer día de trabajo, en plena aglomeración, se cayó la famosa línea, adiós cajas registradoras, se hizo un fundido en negro en todas las pantallas, qué bien. Salió la supervisora de turno con blocs de facturación a mano para todas y una pastilla para los nervios para cada una, eso es ser eficiente y pensar en todo. Yo cogí el bloc pero no quise la pastilla, preferí vivir la emoción del momento con toda intensidad, fue emocionante, un caos total. Los clientes que oían anunciar la salida de su vuelo, salían a toda velocidad dejándolo todo por medio. Tuvimos que manejar quince divisas diferentes, el euro no estaba ni en proyecto, hubo quien cobró hasta en libras de Gibraltar que no estaban admitidas y menos mal que a nadie se lo ocurrió pagar con dinero del Monopoly.

La línea siguió caída el resto del turno de trabajo, acabamos todas con el maquillaje hecho una pena, las blusas fuera de su sitio, los pañuelos de cualquier manera, los tacones torcidos y cuando hicimos el arqueo, ninguna caja cuadró. Fray Leopoldo de Alpandeire nos miraba con una sonrisa socarrona desde una estampita que alguien había colocado en el ordenador principal que conectaba con Madrid. Me dio qué pensar...


Esta receta es de la compañera noruega del Duty Free, o Aldeasa que es la empresa que gestionaba las tiendas libres de impuestos. Ella y yo éramos las aficionadas a la cocina e intercambiamos muchas recetas. Gracias Anne.

Ingredientes.
1 kg de harina de trigo.
1/2 l. de leche.
125 gr de mantequilla.
50 gr de levadura prensada.
Cardamomo molido.
1 cucharada de azúcar.
1 cucharadita de sal.
1 huevo batido para pintar la masa.

Elaboración.
Colocar la harina en un cuenco grande y añadir la mantequilla a cuadritos. Unir con la punta de los dedos.
Añadir el azúcar, la sal y el cardamomo.
Templar la leche y desleír la levadura en un poco. Volcar todo en el cuenco de la harina con la mantequilla. Unir todo hasta conseguir una masa. Hacer una bola y dejar reposar en un sitio templado, tapada con un paño, hasta que doble su tamaño. No suele tardar más de 90 minutos.
Volver a amasar, hacer los bollitos y colocar en la bandeja de hornear. Tapar de nuevo con un paño limpio y esperar 20 minutos para el segundo levado.
Pintarlos con huevo batido y hornear durante 15 min. aproximadamente a 200º.

Nota: la textura de estos bollitos no son como la de los bollos de leche; tampoco es una textura de pan. La masa parece dura al principio, pero al amasar se vuelve suave. No conviene amasar mucho tiempo, sólo el imprescindible para que coja cuerpo.
Se comen templados con mantequilla y mermelada. Con la espera se endurecen.
Se pueden congelar.


domingo, 4 de noviembre de 2012

Andreítos y Don Juan Tenorio


Celebrar el Día de Todos los Santos, sigue siendo una tradición en mi familia. El menú básico se mantiene como ya conté  Aquí pero me gusta cambiar el entrante cada año, original que es una. Este año he preparado "Andreítos" que son como los Andresitos famosos de Samoa en Málaga y la receta la tenéis Aquí, el blog de una malagueña salerosa donde las haya de la que tengo el placer de ser amiga. Los llamo 'Andreítos' porque les falta el jamón cocido para ser los verdaderos, de modo que también le quito una letra al nombre y se quedan en Andreítos, original que sigue siendo una.

Antes de Halloween,  representaban El Don Juan Tenorio de Zorrilla, y todos recitábamos aquéllo de ¿no es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla... Pues no es verdad, porque el texto original dice ¿no es cierto, ángel de amor...? lo de ¿No es verdad...? aparece en la tercera estrofa, que me acuerdo yo muy bien.



Don Juan Tenorio es un dramón decimonónico en verso, que se desarrolla siempre de noche, con espíritus que se materializan y hablan del Infierno - que éso si que da miedo y no una calabaza con una vela dentro -,  y donde muere hasta el apuntador. Don Juan Tenorio y Don Luís Mejía hacen una apuesta para demostrar cuál de los dos es capaz de meterse en más problemas con la justicia y más mujeres conquistan o burlan. Se dan de plazo un año y cuando se encuentran en Sevilla por Carnavales, resulta que gana Don Juan. Don Luís se enfada y le dice que menos lobos,  que le falta seducir a una novicia a punto de profesar, y entonces Don Juan le dice que sube la apuesta.También seducirá a Doña Ana de Pantoja, la prometida de Mejía. La cosa se pone interesante.

Don Gonzalo, el padre de Doña Inés, la novicia en cuestión y que por cosas del destino, habían apalabrado su boda con Don Juan,  está presente y con antifaz cuando el reencuentro en la hostería del El Laurel. Se enfada con santa ira como es natural. Don Diego, el padre de Don Juan también está allí  con antifaz, se enfada mucho más, pone a su hijo como a hoja de perejil y reniega de él, como está mandado. Un mal rollo espantoso.


Esa misma noche, Don Juan seduce a la Pantoja, secuestra a Doña Inés que se desmaya de la impresión y se la lleva a su quinta. Allí, cuando se recupera, le declara su amor con el famoso monólogo del sofá, que es larguísimo y precioso, todo en redondillas. Llega Don Gonzalo buscando a su hija, Don Juan lo mata y también mata a Don Luis que ha llegado antes con un cabreo del quince porque se ha enterado de lo de la Pantoja, - nada que ver con la del Cachuli y el Paquirrín - . Tiene que salir huyendo. Normal.


A los cinco años vuelve, y resulta que se ha muerto todo el mundo: el padre de Don Juan, y hasta Doña Inés, que es una sorpresa porque no sabíamos que estuviera enferma ni nada y además no dicen de qué murió, que siempre es una lata no enterarse de todo con detalle. Don Diego ha mandado hacer sobre el palacio familiar un panteón con las estatuas de todos ellos en mármol y allí se encuentra Don Juan con los dos únicos amigos que siguen con vida: el capitán Centellas y Don Rafael de Avellaneda. Los invita a cenar y, como el que nace lechón muere cochino, fiel a su fanfarronería, también invita al Comendador - el convidado de piedra -  que ya sabemos todos que está muerto porque lo mató él mismo cinco años atrás, lo que pasa es que con tantas muertes, ya perdemos la cuenta.



Durante la cena, se empiezan a oír golpes en la puerta de la casa, luego en la escalera - esa aldabada postrera ha sonado en la escalera -  y por último, en la puerta de la sala. Entra el Comendador y Centellas y Avellaneda se desmayan, un recurso al que recurre Zorrilla cada vez que no sabe cómo solucionar una escena: todos a dormir. El Comendador habla con Don Juan, y le dice que al día siguiente morirá; también aparece Doña Inés, que le habla del amor y le recuerda  que se salvarán juntos o se condenarán juntos y acto seguido, se van. Se despiertan los desmayados, discuten porque culpan al otro de haber preparado una broma de mal gusto, se retan en duelo y Centellas mata a Don Juan.











Aparecen otra vez El Comendador y Doña Inés-del-alma-mía-luz-de-donde-el-sol-la-toma, y cuando parece que Don Gonzalo se lleva el alma de Don Juan al Infierno, el amor de Doña Inés puede más, y Don Juan aprovecha el último grano del reloj de su vida y se arrepiente de todo. Se salvan los dos, qué bonito. Para quitarnos el susto, nos íbamos a comer, y de postre, los huesos de santo y los buñuelos.



Ingredientes. No doy cantidades.
Pan blanco para enrollar o pan de molde sin corteza.
Yemas de espárragos blancos.
Salsa mayonesa. Esta es casera.

Colocar el pan entre dos hojas de papel encerado o papel film. Estirarlo con el rodillo.
Escurrir las yemas de espárragos y secarlas con mucho cuidado entre dos láminas de papel absorbente.
Untar el pan estirado con una fina capa de mayonesa. Partirlo por la mitad a lo largo.
Colocar una yema de espárrago en un extremo del pan y envolverla. Cortar el pan sobrante.
Disponer todos los rollitos en la bandeja de presentación y adornar con un cordón de mayonesa.