lunes, 4 de mayo de 2015

Torrijas de Lacrimae Christi (vino dulce de Málaga)


En Semana Santa, torrijas. Es la tradición. Y lo mismo de tradicional parece ser que llueva, de manera que los hermanos mayores de las cofradías se pasan toda la semana mirando al cielo y olisqueando el aire a ver si trae lluvia, no sea que se mojen los ajuares de sus sagrados titulares y la tengamos chica con grande. En honor a la verdad, últimamente no alzan sus miradas sino que las bajan mientras teclean en los teléfonos móviles para ver las previsiones del tiempo que, no es por quejarme, pero suelen seguir fallando. La meteorología no es una ciencia exacta.


Vino dulce, pan de baguette, huevos, aceite de oliva
Empapar el pan con el vino aligerado con agua











En Málaga, no llueve; en Málaga cuando dice de caer agua, diluvia. Y eso que llueve pocos días al año, en otoño y primavera, pero lo hace en condiciones. Y a mí me da por recordar cuando Yahvé se cansó de la maldad de los hombres - que era mucha -, porque sólo estaban maquinando acerca de cómo hacer el mal, y se arrepintió tanto de haberlos creado que hasta le dolía el corazón y todo. Además, los hijos de Dios tomaron para sí mujeres de entre las hijas de los hombres, que desde los tiempos de Eva tenemos la culpa-culpita de todo, lo que ya fue la gota que colmó el vaso de la divina paciencia, y entonces decidió que a partir de ahí, los hombres sólo vivirían ciento veinte años, nada de durar 969 años como Matusalén; o como el siguiente en longevidad que fue Noé quien murió a la temprana edad de 950 años. Que digo yo, que no sé qué tiene que ver lo del gusto por las hijas de los hombres con lo de acortar los años de vida de esa manera. Los designios de Yahvé, que son inescrutables.

Freír cáscara de limón para quitar el sabor al aceite
Pasar el pan por el huevo batido










Pues este Noé fue a quien Yahvé encargó que construyera un arca el día que resolvió dar carpetazo al asunto de una manera un tanto drástica: acabar con todo ser vivo y destruir la Tierra con un diluvio de aguas. Y como Noé era el único justo -ya es mala suerte crear toda una Humanidad y que sólo te salga uno en condiciones-, Yahvé le comunicó sus planes y de paso le mandó que construyera el arca con sus medidas exactas; que tenía que tener tres pisos y un tragaluz - por aquéllo de la ventilación -, y debían caber dentro su mujer, sus tres hijos, las mujeres de estos, siete parejas de todas las especies de animales puros y una pareja de las correspondientes de  animales impuros y alimentos suficientes para todos. Noé ya tenía seiscientos años y como no cobraba pensión ni nada, no tuvo más remedio que trabajar para cumplir los designios de Yahvé, que antes la vida era tan dura o más que ahora.

Freír por ambos lados hasta que estén doradas

Total, que se lió a llover durante cuarenta días con sus noches y menos los del arca, el resto se ahogó. Para que aprendan a tener maldad. A los ciento cincuenta días, Yahvé se acordó de Noé y todos los que estaban en el primer crucero turístico de la historia, hizo soplar un viento seco y las aguas empezaron a bajar hasta que el arca se posó en el monte Ararat, el de los crucigramas. Yahvé le dijo a Noé que ya podían salir y éste en agradecimiento, sacrificó unos cuantos animales, más que nada para no perder la costumbre y arriesgándose a dar muerte a los únicos ejemplares de vete tú a saber que especie, de esos que los zoólogos echan en falta en la cadena alimentaria. Los extinguió Noé, seguro. Yahvé se conformó y prometió que nunca más iba a maldecir la Tierra por culpa del hombre que, de todas maneras ya se resignaba a que eran malos desde chicos. Y que no volvería a castigar a todos los seres vivos de esa manera, que no servía para nada .

Escurrir y pasar por azúcar y canela
En ese momento, quitar las 'barbas' del huevo










Desde entonces, y como señal de su promesa, después de las lluvias aparece el arco iris que, según los científicos, es el resultado de la refracción de la luz a través de las gotas de agua que hay en la atmósfera. Pero es que ellos no sufrieron lo del diluvio que a ver cómo se te queda el cuerpo después de aguantar el chaparrón, quiero decir, el aguacero. Que se lo cuenten a Noé y toda su parentela que, por cierto, somos todos nosotros, porque tuvieron que dedicarse a repoblar toda la Tierra de nuevo. Yavé, que mandaba unos trabajitos...




Torrijas de vino dulce de Málaga (Lacrimae Christi)

Ingredientes. No doy cantidades, lo dejo a criterio de cada cual.

  • Pan cortado a rebanadas. A mí me gusta la baguette, es suave pero firme.
  • Vino dulce de Málaga. En este caso, Lachrimae Christi. Es conveniente probarlo, y así sabremos cuánta agua hay que echarle. Yo lo rebajo con 1/4 de agua por 3/4 de vino.
  • 1 trocito de cáscara de limón, para quitarle 'fuerza'  al aceite de oliva de freír.
  • Aceite de oliva virgen extra para freír las torrijas. No me gusta el aceite de girasol para los fritos, una manía como otra cualquiera.
  • 2 ó 3 huevos batidos para rebozar las torrijas.
  • Azúcar blanquilla.
  • Canela molida.
Elaboración.

Disponer las rebanadas de pan en una o más bandejas, sin amontonarlas. Regar con la mezcla de vino y agua, y dejar el tiempo suficiente para que se empapen bien, sin llegar a romperse. Dar la vuelta al pan las veces que haga falta.
Pasar por huevo batido y freír por tandas en el aceite de oliva, en el que previamente habremos frito un trozo de piel de limón para quitar el sabor fuerte.
Escurrir en papel de cocina y pasar por una mezcla de azúcar y canela.
Colocar en una fuente de servir. 
Servir templadas o frías.












miércoles, 18 de marzo de 2015

Huevos al nido de casa, las familias felices y dedicatoria.




Cada vez que hago estos huevos al nido, regreso a mi infancia cuando en casa hacían huevos al nido y a mí, que era inapetente, me parecía una comida interminable. Recuerdo a mi familia como una familia feliz, de esas que se parecen todas como dijo Tolstoi. Más aun, éramos una familia de muchos: ocho hermanos, papá y mamá, amén de los cargos de libre designación, a saber: la cocinera, la niñera, la chica de cuerpo de casa y la costurera que venía casi todos los días.

Los ingredientes


Cortar la parte superior del bollito











Tengo la suerte de ser la hija del medio - la mayor nació ocho años antes, la pequeña ocho años después, y las tres en el mes de octubre -. No era la pequeña de los mayores, que iban por otros derroteros; tampoco fui la mayor de los pequeños que eran más afines, estilo los Tres Mosqueteros. Yo era independiente, iba a mi aire que es lo que más me gusta. Sí recuerdo jugar con los pequeños, especialmente en las tardes de invierno que no te dejaban salir a la calle porque estaba oscuro y el tiempo no era bueno.

Regar con leche el interior
Y también el exterior


Jugábamos, por ejemplo,  a 'Tinieblas en la noche', que consistía en que uno se 'quedaba' y los demás nos escondíamos en el dormitorio de las niñas, el más grande. Cualquier sitio era bueno: encima de un armario, debajo de las camas, debajo de los armarios que tenía patas, dentro de la cómoda que tenía una falda, dentro de los armarios que eran grandes... Apagábamos las luces y al grito de '¡Ya vale! entraba quien fuera. No se podía encender la luz, pero sí se podía hacer ruidos extraños, tocar el pelo de la víctima, agarrarle de un tobillo, hacerle cosquillas... todo por el gusto
de pasar miedo y reírnos a gritos.

Tapizar con el jamón troceado
Colocar en la sartén










 Quizá por eso, uno de los pequeños un día que ni siquiera estábamos jugando, quiso meterse debajo de un armario y se quedó atascado: la cabeza dentro y el cuerpo fuera. Empezamos a oír como desde el fondo de un pozo,
- Un voluntario, que venga un voluntarioooo...
Era el niño, al que costó mucho sacarlo porque tenía una buena cabeza, augurio de una alta estatura. Allí estaba, rubio, guapísimo con sus grandes y dulces ojos marrones, la sonrisa siempre asomando, arranado, ni para adentro ni para afuera.

Incorporar el huevo

Bañar con el aceite para cuajar la clara

Una mañana de las vacaciones de Navidad, parece ser que andábamos medio aburridos. Estábamos asomados al patio interior desde el patinillo de casa. La cocinera de los del primero, que también eran muchos y habían instalado la cocina en su patinillo, había puesto un puchero. Nos encontrábamos en los puntos extremos de la hipotenusa de un triángulo.
- ¿A que soy capaz de meter una papa en el puchero de los Maldonado? -, dije yo que siempre estaba pensando y no me aburría nunca.
- Anda ya... -, me retaron.

Dicho y hecho. Elegí una papa de tamaño adecuado, la sopesé lanzándola al aire varias veces, nos fuimos al cuarto de las muchachas desde donde teníamos mejor perspectiva y... ¡¡CHOF!! No me lo podía creer, dentro a la primera. La pobre mujer miró al cielo, luego a la olla del puchero, removió con el cucharón, volvió a mirar a las alturas... y nosotros riéndonos como locos agachados bajo la ventana, nos asomábamos por turnos como las marionetas de los teatrillos, para contar y ver qué hacía.

Esa vez no nos pillaron, menos mal, porque desde que un 28 de diciembre dejé en la puerta de Julia la portera un canastito con una docena de huevos vacíos de los que mi padre sorbía crudos por las mañanas por aquel entonces (no sé quién le había dicho que aquello era muy sano), y de manera inexplicable se supo inmediatamente que había sido yo, me culpaban de todo lo que pasaba. Cría mala fama...


Huevos al nido de casa

Ingredientes por persona.
1 panecillo redondo. Que no sea de los de hamburguesa, de panadería.
Leche a temperatura ambiente.
Jamón ibérico, de bellota si es posible. Si no, de recebo o de cebo que también están muy buenos.
1 huevo.
Aceite de oliva para freír.

Elaboración.
Quitar la parte superior del panecillo. Reservarla.
Retirar casi toda la miga. Mojar el panecillo con la leche por dentro y también por fuera, esto último para que al freírse, quede crujiente.
Escurrir unos minutos boca abajo en un colador de malla fina o similar.
Rellenar con el jamón cortado a trocitos.
Calentar el aceite en una sartén, colocar el panecillo e inmediatamente, volcar el huevo dentro.
Ayudándose de una cuchara, ir regando la clara del huevo para que se fría y quede la yema líquida (esto va en gustos). Si queremos la yema cocida, echamos el aceite por todo, obviamente.
Conseguido el punto deseado, apartar, emplatar y servir bien caliente.

Nota y dedicatoria.
Suelo anunciar en mi página de Facebook, con una foto, mis próximas entradas en este blog. Cuando subí la foto de este huevo al nido, un amigo virtual Raúl Martín Entero, madrileño, sospecho que castizo, buen gourmet y cocinero aficionado, la celebró tanto, que no tengo más remedio que dedicarle esta entrada con todo mi cariño y agradecimiento: ¡Va por ti, Raúl! A ver si es verdad que la haces y me envías la foto. Besitos.








jueves, 26 de febrero de 2015

Urta al horno y las estrellas Miguelín


A Mari Carmen y a mí, nos pasa algo muy curioso: cualquiera de las dos puede empezar a hacer una receta de cocina, que la otra la termina sin más problema. Un día que nos salió una cazuela de fideos potencialmente ganadora de un concurso de 'cuisine a deux', exclamé.

- ¡Esto se merece una estrella Miguelín!
- Una estrella... ¿Qué?
- Hija, mujer, una estrella Miguelín; yo tengo tres, sin ir más lejos.

Cosa que me inventé, claro está. Pero gracias a una broma en la cocina, y a que Miguel el hijo de Berenice, sobrina de Mari Carmen, se hizo notar aquel verano y a la semejanza fonética con las famosas estrellas Michelín, nacieron mis estrellas Miguelín para la cocina de andar por casa. Aquí no tenemos grandes pretensiones. Con tal de que las fotos no estén movidas y se sepa lo que hay, que las recetas se puedan hacer por cualquier persona a la que no hayan prohibido la entrada en una cocina por ser peligrosa para la salud, y sobre todo, que se disfrute guisando, ya es suficiente.
Miguel, al que llamamos cariñosamente Miguelito, es el moreno más gracioso, cariñoso y bueno que conozco. Si queréis saber más de Miguelito, pinchad Aquí y Aquí.


Berenice había decidido que el niño tenía que hacer deberes durante las vacaciones y el niño, pues no compartía las intenciones de la madre. Después de mucho tira y afloja, Miguel se negó. Lo supimos porque un día entró como un rayo en la cocina donde estábamos Mari Carmen y yo,  seguido de su madre que llevaba buen ritmo y Mari Carmen que se dio cuenta de lo que pasaba salio detrás a una velocidad encomiable. Pasaron el salón, llegaron al porche delantero, recorrieron el jardín, y volvieron al punto de partida. Así, varias veces. Yo me quedé en la cocina por si hacía falta alguien que cronometrara los tiempos. Ganó Miguelito y el premio fué un pescozón de su madre. Al final, la tita Mari ayudó al niño a ponerse al día con los deberes para alivio de todos.

De modo que, aparte de las carreras, ese verano fue el de las estrellas gastronómicas. Por cualquier cosa, nos quitábamos una a la otra una estrella o una punta de estrella si la cosa no era grave. Por ejemplo, las yemas de huevo duro con un color verdoso por fuera, costaba una estrella; estropear el corte del jamón, otra. En cambio, una comida sosa, sólo una punta de estrella porque tiene arreglo más o menos.











La Navidad de 2013, Bere nos regaló dos diplomas: uno para la tita Mari, que es como llaman a Mari Carmen en familia y otro para Guisadora Duncan, o sea yo misma. Berenice es restauradora de arte, que son los restauradores de toda la vida, lo que pasa es que cuando los cocineros empezaron a llamarse restauradores, ya nadie sabe quién restaura qué y me lío mucho.

Diploma que tiene Mari Carmen en su cocina

Diploma que tengo yo en la mía

Por lo pronto, Berenice tiene muy buen gusto, una tienda de manualidades en Sevilla especializada en patchwork y un blog que se llama Maldita canilla. Fue ella quien ideó las categorías.
 Mari Carmen tiene:
  •  'Mejor chef'. Si no, a santo de qué le íbamos a dar una estrella Miguelín.
  • 'Mejor sofrito' - antes de que te des cuenta, ya te ha hecho un sofrito para lo que sea-,  
  • 'Mejor vino', porque es una entendida en vinos, también llamados caldos aunque no tengan fideos ni tropezones ni costrones de pan frito, otra ocurrencia que tampoco entiendo. 



Mis categorías son: 
  • 'Mejor chef'. Por el mismo motivo que a Mari Carmen, alias Tita Mari.
  •  'Mejor humor', que no parece que tenga nada que ver con lo de guisar, pero si estás de mal humor se nota en la comida, que todos sabemos que hay que cocinar con cariño, amor y todo eso, que hasta los restauradores de la tele lo dicen. 
  •  'Mejor pan tostado'. Esto es broma porque mi batalla con las tostadas del desayuno, ya la doy por perdida. No acabo de cogerle el punto. Las de miga compacta tardan más; las de pan blanco tardan mucho menos que las integrales, las de pan de pueblo, tardan una barbaridad...
 En fin, que se me queman las tostadas tan a menudo, que he perfeccionado la técnica del raspado y pienso que con un poco de interés que tuviera, podría ponerlo de moda, que después de la tortilla desestructurada ya pienso que todo es posible. Y con los residuos quemados seguro que podría hacerse una 'tierra' comestible al aroma de mi casa por lo menos.




Urta al horno

Ingredientes.
1 urta de 2 kg aproximadamente.
1kg de patatas.
1/2 kg de cebollas.
1 pimiento verde.
1 pimiento rojo.
Aceite de oliva.
Limón.
Sal.

Elaboración.
Lavar, desescamar y eviscerar  el pescado. Hacer un corte en diagonal.
En una fuente de horno, disponer las patatas peladas y a ruedas, la cebolla y los pimientos, a ruedas igualmente. Salar, tapar y hornear a 229º C durante 30 minutos aproximadamente.
A continuación, colocar el pescado encima de las verduras, salar y regar con un generoso chorro de aceite de oliva virgen.
Meter rodajas de limón en la cavidad ventral, tapar y hornear a la misma temperatura otros 30 minutos aproximadamente.
Sólo queda emplatar limpio de piel y espinas, acompañado de las patatas y las verduras. 
Servir caliente.




jueves, 4 de diciembre de 2014

Albóndigas en salsa oscura y la pesadilla del chef


No he tenido yo suerte con esto de los talleres de cocina. Me apunté a uno de sushi y nos tuvieron esperando en la puerta cerrada a cal y canto. No había nadie. Llamamos al teléfono de contacto y nos dijeron que el chef tenía a un familiar en el hospital. Nos fuimos con los kimonos a otra parte.
Luego resultó que este hombre había viajado a Ceuta por motivos de trabajo y lo habían detenido porque los perros de la aduana descubrieron hachís en la estructura del coche. Pasó como dos semanas en prisión hasta que se aclaró que la droga llevaba allí desde que lo compró hacía muchos años y el pobre ni lo sabía. Contacté con él y como al parecer, no estaba pasando la mejor época de su vida, me despidió con cajas destempladas. Adiós taller y adiós dinero.

El sábado pasado, fui a un taller de arroces impartido por un chef, que incluía cuatro arroces diferentes más un arroz con leche de coco, anís estrellado y chocolate, de postre. Se hicieron cinco grupos y el chef repartió los platos para elaborar. Yo rogaba in mente: 'que no me toque el arroz con leche, por favor...', es un postre que hago muy a menudo y además no es que me atraiga especialmente. Pues le tocó a mi grupo - la primera en la frente - que éramos tres y había que hacerlo antes que el resto para que diera tiempo a que se enfriara.
Aquí os pongo la receta por si alguien quiere darse el capricho.











Al ver lo de los 85 grados en la receta, le pregunté.
- Miguel, lo de...
- Abel, me llamo Abel.
- Ay, perdona, es que no oigo bien de un oído, he entendido Miguel cuando te has presentado. Un nombre muy bonito por cierto, me gusta más que Miguel.
- ¿Y qué tiene de malo mi nombre?- dijo uno que lucía Miguel en su pegatina identificativa.
- Uy, vaya por Dios... También es bonito, que no es eso, a ver si me entiendes... Bueno Abel, que digo yo que si no tenemos termómetro para saber a qué temperatura están las yemas de huevo...
- Es que a más de 85 grados, se cuajan.
- Ya lo sé, pero si no tenemos termómetro...
- Lo que hay que hacer es tener cuidado -, dijo Abel dando el tema por zanjado. Ya íbamos por la segunda.

Parte de los ingredientes
Infusionando la leche con el anís estrellado


Estaban todos los ingredientes sobre la mesa de trabajo, menos la leche y la nata para la ganache, de la que me iba a encargar yo. Pregunté que dónde estaban y como nadie dijo nada, tuve que buscarme la vida, así que me fui al frigo y allí había, Poca, pero había. Puse el piloto automático y templé las dos cosas. Sin pensar, eché el chocolate, upsss. Así que cogí mi perolita y fui donde Abel.
 - Que he puesto el chocolate dentro, sin derretir. Da lo mismo ¿no?
- Tira ESO y empieza otra vez. 
- Pero Abel, fundiéndolo bien...
- Tira eso y sigue la receta. Esa fue la tercera.
- ¡Ahora mismo, faltaría más!

Abriendo el grano del arroz

Pues no quedaba suficiente nata. Ahí fue cuando me volví Roger Rabbit corriendo por toda la cocina, buscando en todos los armarios, abriendo cajones, y nada. Perdí la tarjetita adhesiva con mi nombre, creo que me quedé entre el frigo y el horno microondas.
- Oye - dije a una de las de mi grupo - ayúdame a encontrar la nata, que yo a Abel ya no le digo más nada, que me mira mal, como pensando '¿De dónde habrá salido esta mujer?' y yo creo que está nervioso y todo.
Abrimos una puerta que resultó ser la trastienda y allí nos dieron, menos mal.
En esto, la que tenía que calentar la leche de coco infusionada con el anís estrellado, preguntó.
- ¿Dónde está el azúcar?
- Ahí - dijo la otra del equipo, señalando un cuenco blanco.

La ganache
Ya terminado



A los pocos minutos, el chef Abel se acercó esgrimiendo una cuchara.
- Siempre hay que probar lo que se prepara, para ver el punto y poder rectificar la intensidad del sabor. Metió la cuchara, removió, sopló y probó. Todo el mundo pendiente.
- ¿¡Pero tú sabes qué has puesto ahí'? ¡¡Esto es sal, no es azúcar!! 
- Yo he preguntado y ellas me han dicho que era azúcar -, se justificó la compañera, señalándonos con un dedo acusador, qué poco sentido de equipo.
- Pues no hay más leche de coco, he traído la justa para la receta. ¡NO HAY POSTRE! Era la cuarta, ese hombre estaba enfadado de verdad y un chef enfadado es lo peor que hay, eso lo sabe todo el mundo. Se hizo un silencio espeso. Sugerí que podíamos hacer la ganache de todas maneras, y por lo menos, tendríamos trufas.
- ¿¡Trufas¡? ¿¡Trufas¡? ¿Y para qué quieres hacer trufas?
- Yo qué sé... para tener postre, ¿no?
Pues venga, ¡tú haz trufas, a ver qué te sale! 
- Hijo, yo era por ayudar... Qué nervio de hombre, dado a los demonios.

Risotto de setas y camembert
Arroz semi-caldoso de ibéricos










Alguien sugirió que podíamos hacer arroz con leche normal, y como no era yo, pues le pareció bien, aunque ya no era lo mismo, claro.
Fuimos a la trastienda otra vez y allí nos dieron leche y un contenedor de azúcar de esos de plástico estilo industrial de por lo menos 5 kg. Aun así, la probamos antes de usarla.
Terminamos la receta sin más problemas. A propósito, una yema de huevo son aproximadamente 20 gr, Abel dixit.
Los de los arroces salados se metieron en faena, las del desastre mirábamos, ayudábamos en lo que podíamos y me fui un rato a lavar cacharros, que mis Pipirranas me tienen muy bien enseñada a recoger. Las Pipirranas somos un grupo de blogueras de Málaga que nos reunimos de vez en cuando, yo hace mucho que no voy y las echo de menos, somos más relajadas en nuestros talleres. Chicas, esperadme para el siguiente.
El chef puso el turbo y a las 14:30 ya estábamos comiendo a toda velocidad. Todo muy bueno, incluido el arroz con leche famoso, que no era lo mismo como volvió a decir Abel y ya sabíamos todos.
No sé porqué, pero tengo la impresión de que estaban locos por que nos fuéramos.

Para compensar, traigo una receta fácil y con pocos ingredientes, de esas de diario y que gustan a todo el mundo.


Albóndigas en salsa oscura

Ingredientes.
500 gr de albóndigas ya fritas.
2 cucharadas soperas de harina normal.
1 cacillo del aceite donde se han frito las albóndigas.
El zumo de 1/2 limón.
1 hoja de laurel.
Agua, o caldo de verduras, o caldo de pollo.
Sal.

Elaboración.
Preparar unas albóndigas de las que solemos hacer. Sirve cualquier tipo de albóndigas porque lo que se pretende es mostrar la salsa que, de puro fácil y sencilla puede que se haya quedado sin publicar en los blogs gastronómicos.
Una vez fritas, las disponemos en una cazuela. Añadimos un cacillo del aceite donde las hemos frito y cubrimos con agua, o caldo de verduras, o caldo de pollo. Depende de lo que tengamos de fondo de nevera. Poner la hoja de laurel.
Salar y cocer tapadas.
Cuando estén tiernas, tostar la harina en una sartén sin aceite ni nada, removiendo hasta que tome un color lo más oscuro posible sin llegar a quemarse. Añadir el zumo de limón, y volcar sobre las albóndigas. 
Dejar que ligue todo junto, emplatar y servir.
Lo acompañé con arroz integral cocido, aromatizado con ralladura de limón.




jueves, 30 de octubre de 2014

Bacalao dorado y una mañana de cuento.


Desde que aparecieron los smart-phones, las salas de espera de los Centros de Salud ya no son lo que eran. La mayoría de la gente anda dando toquecitos y pellizquitos a las pantallas, ni te miran. Con lo bien que lo pasábamos antes oyendo los males de todo el mundo, las operaciones, los resultados de los análisis clínicos que ya entendíamos de colesterol, niveles de glucosa, y hasta de partos por cesárea y demás historias truculentas.
Pues ahora ya no dan números; ahora dan horas y minutos. De modo que tú no tienes el número 15, ahora tienes 'las y veinte',por ejemplo, lo que es un jaleo para mí, que nunca sé cómo preguntar lo de la hora.

Los ingredientes
Freír las patatas paja










- Buenos días, ¿Quién está dentro? - pregunté la semana pasada.
- La doctora - contestó alguien mientras hacía cosquillas a su móvil. Ahí lo llevas, pensé yo, por hacer preguntas tontas.
- Quiero decir, qué hora está dentro -. Ahora es cuando me dicen que no es una hora, que es una persona quien está dentro, ya verás.
- Las y media -. Ah, pues mira, esta vez era esa la pregunta, dije yo entre mí.
- Uh... como ya son menos cuarto...
- Sí, es que va con retraso. Claro, como dan cita cada cinco minutos, uno de estos días, esta pobre mujer, la doctora digo, va a salir como el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas, que siempre va tarde. Me senté y me puse a dispuse a pasar el rato en compañía de los fanáticos de los móviles y la gente normal, como las señoras que van a las consultas con el carrito de la compra.
- Si llego a saber que tarda tanto, habría hecho la compra, me habría dado tiempo -, dijo una.
- No hay nada interesante, ¿Alguien sabe por qué el marroquí no ha abierto hoy? -,dijo otra que, por lo visto, ya había comprado.
Perfecto, ahora teníamos hasta un sombrerero loco, con acertijos y todo...

Añadir el bacalao desalado
Sofreír la cebolla











Al ratito, llegó una señora mayor.
- ¿Quién tiene menos cuarto? Nadie, estuve a punto de decir yo, porque ya eran las diez, pero no dije nada, no iban a entender esta lucha sin sentido que me traigo yo con las horas.
- Yo -, dijo una señora rubia.
- Entonces, yo voy detrás de usted, tengo las menos diez-, apuntó la nueva.
- NO -, aclaré yo. - Usted NO tiene las menos diez; las menos diez la tengo YO. 
- A mí me han dado la cita por teléfono.
- A mí también.
- Yo es que soy de D. Antonio.
- Yo también -, contesté yo. D. Antonio es nuestro médico de cabecera, pero como está de vacaciones, la doctora se hace cargo de nosotros, que al final estamos allí como de prestado.
Así que le aguanté la mirada y aquéllo se convirtió en una escena tipo Alicia y La Reina de Corazones, cuando alguien dijo desde su móvil,
- Es que a veces se equivocan y dan la misma hora a dos personas. 
- Pues me da igual, a menos diez entro yo -, avisé a mi contrincante que, rápidamente y por sorpresa, cogió carrerilla, abrió la puerta de la consulta y se metió dentro.

Los huevos batidos
Por último, las patatas











 Momento que aprovechó uno de los carritos para salir andando.
- Su carrito se le escapa-, avisé.
- Es esa señora, que le ha rozado. 
- Oh - fue lo único que pude articular, mientras pensaba: ahora es cuando sale y dice aquéllo de 'que le corten la cabeza'. Salió Su Majestad a los pocos segundos y me miró de nuevo.
- Le he preguntado a la doctora y lo ha mirado en el ordenador. Tenía usted razón: tiene menos diez y yo menos cinco.
- Ah -. Me había vuelto monosilábica de la impresión.
- Para que vea que le he  hecho el favor de preguntar si le tocaba a usted o no. 
- Muy amable, muchas gracias -. Le sonreí, que no hay que fiarse de una persona que tiene esos arranques.
- No me dé las gracias, no las merece-, me contestó toda sonrisas, como el gato de Cheshire. Yo casi rebusco en el bolso el hongo que hace crecer, por si las moscas.
- ¿Por qué hora va?-, dijo un señor recién llegado.
- Como diga usted que tiene menos diez, ¡me tiro al suelo!
Hasta los móviles empezaron a reírse.
Cuando me tocó, la doctora comentó que hacía un ratito que entraba la gente muy sonriente, qué bien.
- Es que los de D. Antonio somos muy animados-, dije yo rematando una disparatada mañana de cuento en la Seguridad Social.


Bacalao Dorado

Ingredientes.

300 gr de bacalao desalado y desmigado.
400 gr de patatas paja.
5 ó 6 huevos.
300 gr de cebolla en juliana.
Pimienta negra.
Aceitunas negras. Opcional. No tenía el día que hice la receta.

Elaboración.

Pelar, lavar y rallar las patatas para freírlas en patatas paja. (*)
Una vez fritas, reservar.
Sofreír la cebolla en un fondo de aceite y cuando esté blanda y transparente, añadir el bacalao.
Dar una cuantas vueltas hasta que coja cuerpo, procurando que no se seque.
Incorporar ahora los huevos batidos ligeramente y revolver a fuego bajo.
Moler pimienta negra por encima.
En el último momento, las patatas paja y dejar que se unan a la preparación.
Emplatar y servir.

(*) Para mi gusto, lo que todo el mundo llama 'patatas paja' son patatas cerilla. Siempre he hecho las patatas paja rallándolas, y una vez fritas, son mucho más ligeras que las otras. 
Lo explicaré en otra entrada.



lunes, 1 de septiembre de 2014

Caracoles al estilo Tano, los mercadillos, las mudanzas y el estrés


Parece ser que hay situaciones que generan estrés como: casarse; tener el primer hijo; las suegras;  trabajar dentro y fuera de casa; intentar que todo el mundo esté contento; la marcha de los hijos de casa - esto se llama Síndrome del nido vacío-; las tertulias de la radio y la tele; Paulo Coelho y sus frases;  la jubilación... y las mudanzas entre otros muchos estresores que ya puestos a tener estrés casi todo sirve.
A mí no me estresa mudarme, a mí me gusta. En esos días no hay horarios ni sitio fijo para comer; ni para dormir; ni para nada. En esos días ya te puedes olvidar de todo lo establecido que no pasa nada, estamos de mudanza. De modo que cuando en casa me han visto mirando los anuncios de inmobiliarias, se han echado a temblar. Yo tan contenta porque siempre ha sido para mejorar.


La última mudanza trajo un regalo extra: a dos minutos de casa había un mercadillo los miércoles y los sábados. Y es que a mí también me gustan las bullas. Agarras tu carrito, metes el dinero y las llaves en un bolsillo de los vaqueros y a disfrutar dando caderazos  aquí y allá. Es la batalla de mercadillo en la que o ganas tú o te quedas con las ganas de lo que sea: una prenda de vestir, una fruta, una tela monísima para hacer un mantel que termina estorbando por todos los cajones de la casa, plantas de interior o de exterior eso da lo mismo; zapatos, encurtidos, cacharritos variados... de todo oiga, que me lo quitan de las manos.











Un consejo: antes de meterte estilo kamikaze en la vorágine del mercadillo, hay que estudiar bien por dónde fluye todo. Es importante que entres en el carril de gente que lleva tu misma dirección, porque si no te encuentras luchando contra una corriente de personas que chocan de frente contigo sin miramiento alguno. El resultado es que no avanzas y te cansas antes de empezar. Las leyes de tráfico de los mercadillos no son las normales, son las que son. No todo fluye por la derecha, fluye hacia donde le dio la gana al primero que llegó y puede que te encuentres mirando los puestos hacia tu izquierda en vez de hacerlo hacia la derecha. Hay que poner atención a las islas que se forman cada vez que se paran dos o más personas a charlar en mitad de la vorágine, porque entonces aparecen unas líneas de flujo similares a las que se dibujan en los jardines Zen alrededor de las piedras con lo que se altera de velocidad de la marcha. Nada importante porque una vez que te dejas llevar por el gentío, ya puedes dedicarte a mirarlo todo. Te sales, miras lo que sea, das unas vueltecitas alrededor de las piedras parlantes, y luego te incorporas dando el caderazo correspondiente.


En los mercadillos hay que tener pocos remilgos. No pidas probadores. No hay. Pero puedes probarte la ropa allí mismo. Un día que vino mi amiga Mercedes, se quiso comprar un sujetador y la gitana se lo puso encima de la ropa, le quedaba perfecto según opinamos todos los que estábamos alrededor, y tanta gente no iba a equivocarse. Se lo llevó. Más complicado fue lo de los vaqueros, que yo me los pruebo en casa y el día de mercadillo siguiente los cambio si no me quedan bien pero ella no iba a venir desde Pedregalejo. Hicimos una especie de parapeto con una sábana que sujetábamos la vendedora y yo; Mercedes llevaba unas bragas color visón muy monas, que las vio media Málaga por una zona que no pudimos cubrir. No se los compró, de repente le entró un agobio un poco tonto que no entendimos nadie.












Lamentablemente cerraron el mercadillo porque los vecinos protestaron. O sea, un montón de años funcionando y lo cierran a los pocos de llegar yo allí, también es casualidad.
Menos mal que todavía nos queda el Tano, que es un bar de por aquí famoso por sus caracoles. Este es mi versión o propuesta, que diría todo cocinillas que se precie.


Caracoles guisados estilo el Tano

Ingredientes.
1 kg de caracoles precocidos.
Un puñado de almendras crudas repeladas.
1 rebanada o 2 de pan asentado.
2 dientes de ajo.
2 guindillas.
1 vaso de vino blanco.
Especias para caracoles.
1 cucharadita de Ras el Hanout.
Semilla de cilantro.
1 cucharada de pimentón dulce o picante.
2 hojas de laurel.
Hojas de menta al gusto.
Azafrán.
Sal.

Elaboración.
Hervir los caracoles siguiendo las instrucciones del fabricante. Enjuagar y escurrir.
Freír los ajos, las almendras y el pan. Triturarlo añadiendo una hojas de menta. Reservar.
Majar en el mortero las semillas de cilantro junto con las especias para caracoles, a las que se puede incorporar más guindillas si queremos que suba el pique.
Disponer los caracoles en una cazuela y añadir el resto de ingredientes. 
Ajustar de agua, de manera que cubra todo. Salar.
Cocer 30 minutos mínimo.
Servir bien calientes.
Mejoran de un día para otro.