jueves, 25 de abril de 2013

Cinco semanas y media, y una receta

Otra vista


Mi cocina antes
- Vamos a cambiar la cocina - dije yo un día con los brazos en jarras después de medir con la vista una vez más las dimensiones de la estancia.
- ¿Le pasa algo a la hornilla? - dijo Manuel un poco mosca.
- No, no, vamos a agrandar la cocina, estoy muy incómoda yo en esta cocinita de Pin y Pon  - 
Siempre me han gustado las cocinas grandes, las he tenido en todas las casas en donde hemos vivido, menos en esta, que para mí era pequeña, y lo que más me gusta es tener a toda mi gente allí mientras cocino, charlamos y pasamos la mayor parte del tiempo. No he tenido más remedio que darle a la cocina la habitación de al lado, casualmente el despacho de Manuel donde se amontonaba todo lo que estorbaba por ahí.

Como la última vez que hice una obra terminé hartita de lidiar con la cuadrilla y su jefe, contraté un equipo, y nos embarcamos en el proyecto. Margarita ha coordinado, Pepe ha sido el decorador y Manuel - otro, no el mío -, el jefe de obra. No he tenido que luchar con nadie, de eso se ha encargado Margarita, santa mujer.
En principio íbamos a cambiar el suelo, los muebles y poco más. Pero a lo tonto, a lo tonto, hemos levantado el suelo, las paredes y el techo; las conducciones de agua, gas y electricidad; las ventanas y hasta el calentador de gas.

La cocina antes de...
Total, que teníamos que salir de casa porque la obra ha sido de aúpa. Mi hermana Conchi nos dio asilo. Salimos el 18 de febrero Manuel, Natacha, las maletas, el virus de la gripe que nadie sabíamos que venía, y yo. Cuando llegamos, yo ya iba fatal. Los dos primeros días los pasé en la cama, malísima hasta que fui al médico, que me diagnosticó la gripe de moda y me recetó antibióticos. Estaba tan malita, que por las mañanas salía de nuestro dormitorio con todo lo que pensaba que me iba a hacer falta en el bolso, para no tener que andar dando viajes por toda la casa de Conchi que es preciosa y muy grande, que para ir a la cocina desde el cuarto de la tele, tenía que hacer un descanso a la altura del cuarto de Miguelito y cuando recuperaba el resuello, me arrastraba lo que quedaba. Lo mismo a la vuelta. Me acostumbré a llevar la botella de agua en el bolso, las gafas de leer, el jarabe, los kleenex, el móvil por si tenía que pedir auxilio, junto con todo lo que suelo llevar. Pesaba mucho, la verdad.

Lo hemos pasado muy bien, sobre todo, una vez que me recuperé. Hemos cenado chino, japonés, camperos malagueños, pizzas, en plan tapitas... Hemos dado paseos los días que no llovía - porque mira que ha llovido este año -, hemos charlado y nos hemos reído a carcajada limpia, como la tarde en que llegó nuestra hermana Rosa a hacernos compañía y no podíamos abrirle la puerta. Conchi, al salir, había echado la llave y no había manera, hasta que nos dimos cuenta, buscamos las nuestras y cuando por fin pudimos abrir, allí estaba Rosa sentada en los escalones como un personaje de Dickens, una penita que daba.... Puede que fuera ahí donde cogió frío, fue la siguiente en enfermar.

Durante
Durante











Con esto de las obras, se aprende mucho. Ya sé dónde se piden los permisos municipales para colocar la cuba de los escombros, la licencia de obra y sobre todo, cuánto vale: un disparate. Tuvimos que ir a la Gerencia de Urbanismo porque esas cosas no se pueden hacer online. Un edificio muy bonito, la verdad, con gente encantadora y me temo que habrán enfermado unos cuantos de gripe porque tuve que ir en plena ebullición griposa. Lo siento, yo no quería, de verdad. Si pudiéramos hacer las gestiones telemáticamente, no tendríamos que ir contagiando a los funcionarios. Si alguien tiene contactos por allí, que lo arreglen que la salud es lo primero.

Ahora sé lo que es el shunt, que ellos le llaman chun y resultó que es el conducto de ventilación de la cocina. En cada baño tenemos uno, estamos muy ventilados. Pero lo que más me ha gustado es lo de la perlita, que la única que yo conocía era la Perlita de Huelva, que cantaba aquéllo de precaución amigo conductor, la senda es peligrosa; que te espera tu madre o esposa, para darte su abrazo de amor... y todos los taxistas y camioneros llevaban un San Cristóbal y las fotos de sus niños con la leyenda: "no corras, papá", así te costaban las carreras de taxi un dineral, circulaban todos de un despacito desesperante, y encima no podías decir nada, a saber si los niños se iban a disgustar. Bueno, pues la perlita es lo que ponen en las paredes para enfoscarlas, no me gusta ni el alicatado ni el gotelet. Han quedado estupendas.



Con la prueba del color

No os quiero aburrir con los detalles de la obra. Al final, llegó el gran día de nuestra vuelta. Hicimos las maletas, nos despedimos de Conchi con pena, nos habíamos acostumbrado a la convivencia, y al salir, Natacha que es rusa pero muy graciosa, dijo:
- Como se suele decir: gracias a esta casa, nos vamos a la nuestra. Nos tuvimos que reír...






















Faltan las cortinas que las están haciendo y algún detallito más, pero ya estamos instalados en la nueva cocina que también es la vuestra.
La receta, aquí



Albondigón en salsa de cebolla o albondigón de la tita Mari


Este es el albondigón que hace mi amiga Mari Carmen todos los viernes - Tita Mari - , para Miguelito.  Si queréis saber más de nuestros momentos, click aquí y aquí.


Dar forma al albondigón.











Ingredientes.
750 gr de carne picada de ternera, o mitad ternera y mitad cerdo.
3 ó 4 huevos, según tamaño.
1 cebolla.
2 ó 3 dientes de ajo.
Miga de pan remojada en leche.
Perejil.
Sal.
Pimienta.

Para la salsa:
2 cebollas.
1 vaso de vino blanco.
Agua.

Elaboración.
Colocar en el vaso de la batidora los huevos, la cebolla picada, los ajos, el perejil, la miga de pan escurrida, la sal y la pimienta.
Batir y mezclar con la carne.
Mojarse las manos con agua y hacer un rulo o dos para poder manejarlos mejor.
Pasar por harina y dorar en un fondo de aceite. Reservar.
En el mismo aceite, hacer la salsa de cebolla.
Freír las cebollas y cocerlas con un vaso de vino blanco. Pasar y volver a colocar en la cazuela.
Añadir el albondigón y una hoja de laurel. Cocer una media hora a fuego moderado.
Servir loncheado con la salsa por encima. Poner el resto en una salsera.


Sellar
Cocer con la salsa




















viernes, 8 de febrero de 2013

Bizcocho genovés y las mascotas



Cuando mis sobrinos Michael y Caridad eran pequeños, venían de vacaciones todos los veranos desde EE.UU con su madre, mi hermana Conchi. Celebrábamos en casa el cumpleaños de Caridad con un pastel elaborado a partir de este bizcocho. El resto del verano, procuraba tener en casa un bizcocho genovés porque Michael llegaba, preguntaba por el Birthday cake y luego se dedicaba a perseguir a Flor, la gata siamesa que nos permitía vivir con ella. Hasta que un día en que la arrinconó en la cocina, la gata dio un bufido de aviso y como Michael seguía queriendo jugar con ella, levantó una pata y ¡ras! le arañó un labio, eso sí, elegantemente. Los gatos necesitan mucho espacio, Michael ya lo sabe.


Tenía Flor alrededor de cuarenta días cuando la llevamos a casa y fue Maricruz quien le puso ese nombre, acababa de ver Bambi. De modo que nuestra mascota era un gato con nombre equívoco de planta y además, era hembra y no macho como la mofeta de la película de Disney, un jaleo vamos.

No sabíamos que, como todos los siameses, la gatita era una saltimbanqui de circo, que corría a toda velocidad por encima de las bibliotecas, armarios y muebles en general; todo el mundo piensa que los gatitos están siempre dormitando, comiendo, a su aire y que son el paradigma de la independencia suprema. Pues no. Resultó cariñosa, curiosa y al llegar el tiempo del celo, una vergüenza para todos. Tenía unos celos escandalosos a más no poder, maullaba como si la estuvieran matando, con desesperación y a grito pelado, ante el pasmo y comentarios de la vecindad que llevaba un registro minucioso de los altibajos hormonales de Flor.


La llevamos al veterinario que le recetó unas pastillas tranquilizantes. La cosa se puso peor. No hay manera de darle una pastilla a un gato. Intentamos engañarla camuflando el fármaco en bolitas de paté pero se comía el paté y escupía el comprimido intacto. A continuación, probamos a machacarlo y disolverlo en el agua de su cuenco, y la volcaba con la patita ipso-facto, era listísima Flor. Al final, tuvimos que aprender a inmovilizarla entre dos o tres y hacérsela tragar quieras que no. Terminábamos todos sudando, despeinados, llenos de arañazos y con una mala conciencia que no veas, porque no nos parecía que fueran maneras.


La volvimos a llevar al veterinario para que la esterilizara y así lo hizo. El día que la operaron fuimos a recogerla después de la intervención; el veterinario nos dijo que todo había salido bien, que estaba en recuperación, nos dio indicaciones para la convalecencia... todo eso que se dice a los familiares.












- Ahora mismo la traemos, le hemos puesto un collar isabelino para que no se lama la herida.
- Ay, ¡qué mona va a estar! - susurré yo a Manuel y las niñas, imaginando a la gatita con una gola de encaje y todo. Y en esto, apareció la auxiliar del veterinario con Flor en brazos y un tiesto de maceta de plástico, de los que se compran en los viveros, alrededor del cuello.
- Pero si le habéis puesto un tiesto de maceta, por favor... 
- Claro, eso es el collar isabelino, mujer, -  me dijo como si fuera lo más normal del mundo, lo de tener a los animalitos con la cabeza asomando por un tiesto.
- Pues yo diría que tiene toda la pinta de ser un tiesto de Viveros Guzmán - observé con mirada crítica - Se nota que es nuevo, ¿eh? y está muy limpio - aclaré, a ver si iba a creerse que me estaba quejando, sólo estaba sorprendida, hay que entender que era la primera vez que operaban a una mascota nuestra.


- Bueno, como se llama Flor, después de todo no le queda muy mal, se diría que es lo suyo - reconocí yo, que tengo buen conformar.  Los que estaban en la sala de espera con sus mascotas opinaron que sí, que era un nombre muy bonito pero raro para una gatita, y que el tiesto le iba como anillo al dedo.  Se abrió la puerta de la clínica y entró una pareja con un perrito que llevaba la cabeza asomando por una especie de pantalla de lámpara.
- Y a este ¿Qué le pasa? Que se llama Luz ¿No? - Manuel se quería morir...




Ingredientes.
200 gr de harina de repostería.
200 gr de azúcar.
5 huevos.

Elaboración.
Separar las yemas de las claras. Batir las yemas con el azúcar hasta que resulte una crema homogénea, a punto de relieve. Hay que batir bien.
Montar las claras a punto de nieve y agregarlas a la crema, removiendo con cuidado hasta que estén bien mezcladas.
Tamizar la harina e incorporarla suavemente. Mezclar sin batir. Esto es importante, porque el bizcocho subirá en base a la cantidad de aire que conserve.
Encamisar el molde con mantequilla y harina y llenar con la masa sólo hasta las 2/3 partes, ya que al cocer, crece.
Hornear a 180º durante 30 minutos aproximadamente, calor arriba y abajo.
Desmoldar caliente o tibio y enfriar sobre una rejilla. Decorar o servir tal cual.

Nota. El bizcocho genovés, se utiliza para tartas y pasteles rellenos. Si se hornea en una placa de horno extendido, se puede rellenar y enrollar; es lo que llamamos Brazo Gitano.





martes, 15 de enero de 2013

Mantecados de Reme y la medida del tiempo


Me he atascado con esta entrada. Después de estar todas las Navidades haciendo mantecados, no he encontrado el momento de subir la receta. Habrá quien diga que más vale tarde que nunca, y habrá quien piense que a buenas horas mangas verdes, según sea de un grupo u otro, porque hay dos grupos de personas: las que corren todo el tiempo para llegar, como el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas; y las que llegan aunque sea tarde, pero llegan. Yo soy de estas últimas, lo de la puntualidad británica no va conmigo y además eso es una leyenda urbana, porque hay británicos impuntuales. Mi amigo Charles sin ir más lejos, que cuando aparecía todo el mundo miraba el reloj pensando que habíamos llegado demasiado pronto, y era justo lo contrario.


La culpa de todo la tiene quien fuera el que inventó el reloj de pulsera. Antes de eso, la gente quedaba a una hora más o menos, sin tener que ser 'en punto', que encima se ponen muy pesados avisando que no llegues tarde, como si fuéramos a apagar un fuego, qué manía con las prisas. A ver, que en la Antigüedad, supongo yo, que quedarían al pie de la estatua de Atenea Promacos, en la parte que mira a La Casa de las Arréforas, a media mañana, pongo por caso. Y la gente se veía, charlaban de sus cosas, hacían negocios..., está documentado. Medían las horas observando el sol durante el día y las estrellas durante la noche. Los días nublados, todos llegaban tarde. Cierto que estaban los relojes de sol, las clepsidras y los relojes de arena, pero no se sabe de nadie que anduviera por ahí cargando una clepsidra. Es que eran para cronometrar el paso del tiempo, no daban la hora ni nada.


En la Edad Media, ya intentaron poner un poco de orden a base de campanazos de las iglesias, que tocaban las horas litúrgicas pero con esto pasó como con todo, una vez que te acostumbras, ya no echas cuenta. Luego pusieron los relojes en las fachadas de los Ayuntamientos, los que tenían dinero se sumaron a la moda en sus casas, y ahí empezó la división de los seres humanos en puntuales e impuntuales.


Los genes que he heredado yo, deben ser de la Alta Edad Media por lo menos; los de mi Manuel, de relojero suizo, pero de los que adelantan el reloj media hora por lo que pueda pasar. El día de nuestra boda, estaba yo en pleno proceso de maquillaje cuando sonó el teléfono.

- Niña, que es Manuel, que ya están él y su madre en la Sacristía de la iglesia - dijo mi hermana Rosa.
- Pero ¿qué hora es? - quise saber yo mientras guiñaba un ojo y abría la boca para pintarme las pestañas del otro ojo.
- Las cinco y media.
- Demasiado pronto, la boda es a las seis y la iglesia está aquí al lado.
- Qué cuajo tienes, hija mía - soltó mirándome como si viera un fenómeno de feria.


Total, que tuvimos que darnos prisa, el fotógrafo hizo lo que pudo,  en las fotos salimos con cara de estar a punto de perder el tren, y la tata que se emocionó al verme - ¡Ay, si pareces la Virgen del Rocío, la Novia de Málaga...! - ni siquiera pudo llorar a gusto. Fui la novia más puntual de la historia de la ciudad. Las fotos son la prueba. Íbamos entrando con la iglesia casi vacía; según avanzaba la ceremonia, había cada vez más gente y cuando salíamos, mucha más gente con cara de ¿A qué hora habrán empezado estos, que ya han terminado? A los que nos echaron arroz, casi no les dio tiempo a abrir los paquetitos, qué estrés.


Esta receta es de Reme Reina Moreno, y su blog es Este.
 Vital y encantadora, Reme pertenece al grupo de blogueros malagueños Pipirrana, que me han adoptado, tengo esa suerte. Su blog es una delicia, con recetas de todo tipo pero sobre todo, malagueñas. Merece la pena visitarlo.
De todas las recetas de mantecados que he probado, esta es la que más me ha convencido, la de mi amiga Reme. Por eso les he puesto su nombre.

Ingredientes.
1 kg de harina de respostería, del que se reservarán 50 grs para espolvorear la mesa en el amasado.
450 gr de manteca de cerdo ibérico.
320 gr de azúcar glas.
150 gr de almendras marcona, repeladas y tostadas en una sartén sin aceite ni nada.
1 cucharada de canela molida.
1 pizca de nuez moscada rallada.
Para el glaseado:
1 huevo batido.
ajonjolí o sésamo.

Elaboración.
Extender la harina en la placa del horno y secarla a una temperatura de 100º durante 70 minutos, removiendo cada 15 minutos. Hay que secarla, no tostarla. Y como cada horno es un mundo y cada harina un universo, los tiempos son orientativos. La mejor manera de comprobar que la harina está seca, es coger un poco con una cuchara de metal y al volcar, debe quedar sin rastro de harina.
Hay que dejarla secar totalmente antes de usarla.

Triturar las almendras tostadas previamente y ya frías.
Colocar la harina en un cuenco grande y añadir las almendras trituradas, la canela y la nuez moscada.
Batir la manteca a temperatura ambiente con el azúcar glas, hasta que esté cremosa.
Añadir la mezcla de harina y seguir batiendo hasta que haga una masa que se desprenda de las paredes del recipiente.
Es más cómodo hacerlo en amasadora, pero se puede hacer a mano de la misma manera.

Espolvorear la superficie de trabajo con los 50 gr de harina reservados y dar forma de bola a la masa.
Aplanarla con el rodillo dejando un grosor de 2 cm y cortar los mantecados con un cortapastas redondo o con el borde de una copa si no hay cortapastas.
Disponer en la placa del horno, y entrar a temperatura máxima durante 5 minutos, con calor sólo arriba. Esto es importante, porque si damos calor también por abajo, se endurecerán, ya que la harina está seca.
Dejar enfriar y envolver en papel de seda. Yo los corto en cuadrados de 19 cm de lado. Si los podéis comprar ya hechos, mejor.
Con esta cantidad de ingredientes, suelen salir 60 mantecados de tamaño normal.



sábado, 29 de diciembre de 2012

Detapeo en Teatinos y la ollita para cocer pan.


Mi Manuel y yo conocemos a Juan Manuel y Aurora desde los tiempos de la Universidad, antes incluso de casarnos. Ellos se casaron justo una semana antes que nosotros, fue un buen año para esto del casorio.
Fuimos a tomar unas tapitas al establecimiento que han abierto en Teatinos, que se llama así: Detapeo.
Antes, en Málaga, solían dar una tapita con la cerveza o el vinito, pero eso se perdió como perdimos Cuba. Ellos lo han reinventado y me gusta. Por 2 € te tomas la copa y una tapa de las que dan ellos, aquí están las que había ese día.




Es algo así como que estás en casa, vas a la nevera, te abres una cerceza y luego miras a ver qué puedes tomar para acompañarla, sólo que en Detapeo te la sirven estos dos camareros, hermanos e hijos de Aurora y Juan Manuel: Carlos y Javier, guapos y simpáticos a más no poder.



Como nosotros ya no estamos para los taburetes de la barra que son muy monos, pero el cuerpo no nos da para muchos malabarismos, nos sentamos en una zona más reservada con mesas que nos resultan más cómodas. Los fines de semana, dan tapas de marisquito, callos, migas... Ya están preparando una carta de Delicatessen de Barbate: atún en manteca, mojama de atún de almadraba, ventresca, lomo de bonito seco y muchas más cosas exquisitas.
La gente joven tiene un sitio especial para ver los partidos de fútbol a su aire, están permitidos los gritos, los uyyyy, y las protestas a los árbitros.

 Aquí está Javi - niñas, está soltero - tomando la comanda, Juan Manuel, Aurora y mi Manuel de espaldas con su magnífico pelo blanco.


Y empezaron a traer cosas:


Aceitunas aloreñas, buenísimas; navajas de la bahía frescas y sin arena, ensaladilla rusa y coquinas de la Caleta salteadas.










A Juan Manuel le gusta la cocina malagueña y ese día tenían gazpachuelo, me encantó porque soy una fan del gazpachuelo, que era de pescado y gambas; espesito, como debe ser. De remate, profiteroles.











A los postres, una sorpresa. Le había comentado yo un día a Juan Manuel que me gustaría comprar un Pudding Steamer, o sea, una cazuela con tapa para hacer el Christmas Pudding que hago todos los años. (La receta Aquí). Trajo Juan Manuel un paquete y me lo dio ¡Qué emoción! Yo, venga a preguntar qué era y nadie decía nada, hasta que Aurora soltó: ¡es una ollita para cocer pan! lo que no anda muy descaminado, la verdad. Ya tengo mi ollita para el pudding. Gracias.


Pues ha llegado el momento de las confesiones: este año, tan ilusionada con mi molde nuevo que estaba yo, mientras cocía el pudding al baño maría, me puse a hablar por teléfono con mi hija Maricruz y se me fue el santo al cielo. Nada más colgar, empecé a notar un cierto olor a quemado y, efectivamente, se había quedado sin agua la cazuela donde estaba el pudding en su baño maría, que ya no era baño ni nada, ahora parecía un horno de fundición. Le eché más agua, terminé de cocerlo y recé para que por lo menos, tuviera arreglo. Cuando lo desmoldé, estaba negro, negro.

- Ay, vaya tela con los despistes ¿Qué hago yo ahora? - me dije yo a mí misma mientras miraba aquella especie de tapón gigante quemado. Como todo tiene arreglo, cuando se enfrió quité con un cuchillo la capa exterior quemada y apareció el pudding debajo. Pues no estaba ni seco ni sabía a quemado ni nada, qué suerte. La ollita sufrió un poco, pero está en perfectas condiciones de uso, bien está lo que bien acaba. Mea culpa.



Volviendo a Detapeo, a la hora del café fui a pedir un Voluto, pero como me dijeron que no lo traía George Clooney, me tomé un descafeinado. Pienso volver a menudo, ¿quién necesita a Mr. Clooney teniendo un buen Detapeo?















domingo, 16 de diciembre de 2012

Ensalada de naranjas y el pequeño tamborilero



Hay un nene en el vecindario que le tomó afición a esto de tocar el tambor, cosa de lo más normal en Andalucía donde todo lo arreglamos sacando los santos a la calle. Que no llueve, santos en procesión para pedir lluvia; que llueve sin parar y estamos todos cada vez peor del reuma, santos en procesión para pedir que deje de llover. La única diferencia, es que los tapamos con plásticos en el segundo caso, que tienen que durarnos mucho. Y claro, donde hay una procesión, hay una banda de música con tambores. Entonces, a los niños se les antoja y no paran hasta que les compran un tambor de juguete con el que dan la murga durante un tiempo.


A la mayoría se le olvida, pero los hay que se entusiasman y siguen. Este niño empezó a los cuatro añitos o así, y la verdad es que era muy gracioso, tan formalito, desfilando entre los parterres de la urbanización, dando vueltas y haciendo sus pausas y todo. Solía bajar con el padre o la madre al filo de las ocho de la tarde, y ensayaba un ratito. Al año siguiente, ya aprendió a hacer redobles, qué monería. Le compraron otro tambor que, aunque pequeñito, ya no era de juguete. Ahora sonaba más. Y el niño tenía ritmo, nos acostumbramos a que sonara todos los días a la misma hora. Deben ser casi las ocho, decíamos en casa.


El niño ha ido creciendo - el tambor también -  ahora debe tener como siete años. Lleva hasta grupo de amiguitos aficionados al aporreamiento tamboril y menos mal que suele tocar él sólo, los demás le acompañan como una corte pretoriana.
Hace unas semanas, la cosa pasó a mayores. El tamborilero y sus fans se dedicaron una tarde entera a dar zambombazos al tambor con la baquetas, vaya jaleo, sin ritmo, armonía, swing ni nada. Esto pasaba de castaño a oscuro, así que decidí tomar cartas en el asunto y me asomé al balcón.
Yo no necesito gritar, ni me gusta ni hace falta. Basta con poner las manos rodeando la boca, en forma de bocina y la voz se proyecta que da gusto. Esa es la buena noticia. La mala, es que suena un tanto fantasmal, como de ultratumba, queda un poquito raro.


- Niño... niño... ya está bien con el tamborcito ¿no? Que llevas más de cuarenta minutos dando porrazos, hijo mío... El niño miraba a su alrededor con cara de asombro, sin saber muy bien de dónde venía aquella voz. Los adláteres, también. Hice señas con los brazos, como cuando los naufragos quieren que los descubran los de los barcos que pasan a lo lejos. Cuando me vieron, insistí.
- Sí, sí, que ya va siendo hora de que lo dejes, anda guapo... De un banco cercano, se levantó una señora joven, que resultó ser la madre, y empezó a gritar - no todo el mundo sabe lo de las manos en forma de megáfono -.


- Uf, uf... No te metas con mi niño, que no está haciendo nada malo.
- Si yo no digo que esté haciendo nada malo, lo que hace es mucho ruido, que no hay quien aguante esos porrazos, mujer... que lleva ya mucho tiempo con el machaqueo...intentamos razonar mi voz apocalíptica y yo.
- Vaya, qué delicadas somos...ni que el niño estuviera matando a alguien... Por lo visto, aquí no te puedes quejar hasta que no hay un baño de sangre o algo así.

Se fue a por el niño, lo agarró y se lo llevó a su casa con aires de reina ofendida. Con lo fácil que habría sido apuntar al niño en la cofradía de La Esperanza, o en la banda Gibraljaire, que se pasan la vida ensayando para que cuando sacamos a los santos vayan a compás, como debe ser, y no dan la lata a nadie porque para eso lo hacen en sitios donde los de los alrededores ya están acostumbrados, y van y vienen marcando el paso como algo natural.












En este punto, los del club de fans del tamborilero, reaccionaron. Uno me hizo corte de mangas, otro se volvió y me enseñó el culete moviéndolo como los patitos sobrinos del Tío Gilito y el más pequeñajo, que no levantaba ni un palmo del suelo, apretó los puñitos a la altura del pecho, entrecerró los ojitos y ¡me sacó la lengua! No bajé a comérmelo a besos, de milagro. Tardé mucho rato en poder dejar de reírme para contarle a mi Manuel lo que había pasado, que me dijo lo de siempre: un día me van a pegar por tu culpa. Yo comprendo que los niños iban armados con baquetas, pero no creo que sea para tanto...

Ingredientes. No doy cantidades.
Naranjas.
Azúcar.
Caramelo oscuro:
  • 350 gr de azúcar
  • 5 cucharadas de agua.

Elaboración.
Lavar y secar bien las naranjas. Pelarlas con cuidado, para no arrastrar la parte blanca. 
Cortar en juliana muy fina las pieles de la naranja y escaldarlas en agua hirviendo, a fuego suave, durante 3 minutos. Colar y reservar.
Terminar de pelar en vivo las naranjas y cortarlas en rodajas. Colocarlas en un cuenco y espolvorearlas con azúcar.
Reposar durante 2 horas como mínimo.
Hacer el caramelo con el agua y el azúcar, cociendo a fuego vivo durante un par de minutos o hasta que tome color ámbar.
Colocarlo rápidamente sobre un cuenco con agua e hielo, para detener la cocción y que no se queme.
Volcarlo sobre el mármol de la encimera o sobre una lámina de silicona y extenderlo. Dejar enfriar. 
Cuando esté bien frío, romperlo con el rodillo de amasar, por ejemplo, o con cualquier otro utensilio firme. 
Colocar las tiras de piel sobre las naranjas, y por último, los trozos de caramelo. Servir frío.